El dolor recorría mi cuerpo y la sangre se deslizaba por mi cara. Mis ojos, incrédulos, miraban como Daniel (gran amigo desde el colegio), recibía también una buena paliza.
Daniel intentaba, sin éxito, remontar aquel desastre, pero sus golpes no eran ni lo suficientemente precisos, ni lo suficientemente fuertes como para poder doblegar a su atacante.
¿Cómo podíamos imaginar hace sólo unos minutos que aquello pudiera ocurrirnos? Nos sentíamos orgullosos de nuestros cuerpos y trabajábamos duro en el gimnasio para disponer de un cuerpo musculado y potente.
Nuestro ego nos gritaba que éramos superiores a la media y que, con sólo chasquear los dedos las mujeres caerían rendidas a nuestros pies deseosas de poder tocar nuestros musculados cuerpos y cumplir nuestros deseos.
Soberbios y déspotas nunca habríamos podido imaginar que, justamente, una mujer sería la encargada de darnos una lección de humildad y respeto como aquella.
Me levanté, ignorando el dolor, para acudir en ayuda de mi amigo. Ahora ella lo tenía cogido del cuello contra la pared y, con la otra mano, lanzaba potentes puñetazos que se estrellaban en la cara de Daniel, haciendo que la sangre saltara en cada impacto de sus nudillos.
Salté sobre su espalda y la rodee del cuello con mis brazos, ahogándola y deteniendo su ataque sobre mi amigo, quien cayó al suelo aturdido.
Zarandeó su cuerpo con rabia, y luchó para separar mis brazos, pero yo continué apretando con todas mis fuerzas mientras le gritaba a Daniel que me ayudara a vencerla. Me impresionó notar su cuerpo, duro y musculado moverse con tanta energía mientras intentaba liberarse de mi presión. Aguanté sus embites el tiempo suficiente para que Daniel recuperara sus sentidos.
Daniel se sumó a mí y empezó a lanzar puñetazos contra el cuerpo de la mujer mientras yo, colgado de su espalda, apretaba con todas mis fuerzas. Durante un momento pensé que ya la teníamos y que, no podría defenderse de nuestro ataque simultaneo.
Rápidamente flexionó su pierna y su rodilla se clavó en la parte más blanda de Daniel, repitió el movimiento, aplastando de nuevo los huevos de mi amigo con su rodillazo directo entre las piernas. Daniel se dobló instintivamente pero, antes de caer al suelo. La amazona lanzó una poderosa patada directamente a la cara de Daniel, haciendo que saliera despedido hacia atrás y aterrizara boca arriba, inconsciente en el suelo.
Ahora estaba sólo contra ella, aumenté mi presión y apreté los dientes con la esperanza de cortar su suministro y hacerla caer inconsciente al suelo.
Se removió de nuevo entre mis brazos, zarandeándose salvajemente y lanzando su cuerpo contra las paredes, aplastándome, creía que ya la tenía cuando, de repente, se agachó y lanzó su cabeza para atrás, golpeándome en la cara y haciendo que perdiera mi agarre.
Sentí miedo cuando se dio la vuelta y pude ver la expresión de odio en su cara. Daniel seguía en el suelo, mirando incrédulo a aquella mujer contra la que no podíamos luchar.
Sus femeninas pero fuertes manos se cerraron alrededor de mi cuello y pude notar con asombro como mis pies se levantaban del suelo al ser elevado y estrangulado con furia por la agresiva mujer. Los músculos de sus brazos explotaron, marcándose con potencia al sostener mis 93 kilos de peso.
Intenté pedir la ayuda de mi amigo, pero era imposible hacer pasar las palabras entre las garras que presionaban mi cuello y, a los pocos segundos, el mundo desapareció de mi vista...
Al recuperar la conciencia, nada había cambiado. Al parecer, Daniel había salido en mi defensa momentos después de haber sido estrangulado por Esther. Pero no había servido de nada.
La luchadora estaba sentada sobre el pecho de Daniel y tenía inmovilizados sus brazos bajo sus rodillas. Él era incapaz de defenderse de los puñetazos que la mujer lanzaba contra su desprotegida cara.
Me vió antes de poder atacarla a traición y se dirigió hacia mi. La sangre de Daniel goteaba de entre sus manos. Lancé un puñetazo pero su patada llegó primero, preparé otro puñetazo pero, de nuevo, ella fue más rápido. Detenía mis golpes con facilidad. Yo era un libro abierto para una luchadora profesional.
Recibí unos cuantos golpes antes de caer de nuevo a sus pies, colocó mi cabeza entre sus rodillas y flexionó sus piernas. Sus músculos se hincharon y endurecieron aplastando mi cráneo, el dolor era terrible y notaba el crujir de mis huesos debilitándose bajo la tremenda presión de sus tonificadas piernas, duras como piedras. Intenté separarlas con mis manos pero mis dedos no lograron encontrar el hueco suficiente entre sus músculos de acero.
Me liberó de su presión y, agarrándome del pelo, me arrastro hasta dónde se encontraba Daniel, allí pateó nuestros cuerpos y pisoteó nuestras cabezas mientras nos gritaba rabiosa: -¿AHORA TENDRÉIS RESPETO HACIA LAS MUJERES EH?!-.
Mi cuerpo temblaba de miedo mientras Esther continuaba golpeándonos con furia, noté como se partía alguna de mis costillas y como la boca de Daniel tenía cada vez menos dientes.
Detuvo sus golpes y se quedó allí mirándonos mientras recuperaba el aliento, su cuerpo parecía brillar y todos sus músculos estaban hinchados tras el esfuerzo. Tuve miedo al mirarla y notar aquellos músculos moverse bajo su piel manchada por nuestra sangre.
-Demostradme ahora el respeto que me merezco- dijo mientras nos miraba desafiante.
-Gatead hasta mi y besad mis pies- ordenó de manera seca y autoritaria.
Tenía la intención de acatar sus órdenes pero el miedo me tenia paralizado y Daniel me sorprendió.
-¡BÉSAME TÚ LA POLLA ZORRA!- gritó Daniel con rabia.
Esther lo agarró del pelo y lo obligó a levantarse, una vez de pié lo molió a golpes. Daniel no tenía tiempo de caer al suelo. Las patadas y los puñetazos lo zarandeaban de lado a lado.
Lo castigó durante un buen rato y, finalmente Daniel cayó de bruces al suelo.
-¿Tienes suficiente o ya has aprendido la lección?- preguntó la mujer al cuerpo inmóvil de mi amigo.
-Ahora bésame el pie- le ordenó de nuevo.
Daniel se movió lentamente y se arrastró hacia la potente mujer. Es lo mejor que podía hacer, tragarse su ego y acatar las órdenes de aquella mujer. Yo iba a hacer lo mismo cuando Daniel, en vez de besar su pie, escupió en él.
-¡Vete a la mierda puta!- le dijo antes de repetir el escupitajo.
Yo me quedé congelado, incapaz de creer lo que estaba ocurriendo. Tenía miedo de aquella luchadora, de lo que había hecho y de lo que podía hacer.
Aquella mujer se quedó quieta, con los ojos abiertos como platos mirando fijamente al hombre que tenía a sus pies, pude observar como poco a poco sus músculos se tensaban y la rabia inundaba su expresión.
-Ahora vas a aprender a respetar a una mujer- dijo mientras caía sobre el cuerpo de Daniel.
Esther lo agarró del brazo y colocó las piernas alrededor de su cuerpo, tensó sus músculos y le partió el brazo a la altura del codo, ahora estaba doblado al revés. Sin soltar el brazo, se levantó y colocó el cuerpo de Daniel boca abajo, apoyó el pié tras la espalda y retorció el brazo, haciendo que se le saliera el hombro.
Le agarró la otra mano y la retorció, partiéndole la muñeca. Así continuó varios minutos, retorciendo miembros, estirando tendones y partiendo huesos.
Los gritos de dolor se mezclaban con los crujidos de los huesos y los tejidos al ceder. Daniel gritaba como un cerdo y pedía clemencia con todas sus fuerzas mientras la mujer disfrutaba destrozando aquel cuerpo moldeado tras horas de gimnasio.
Lo rodeó con sus piernas, cruzó sus tobillos y apretó con fuerza, pude ver como sus muslos se endurecían y como el torso de mi amigo cedía bajo la presión. Sus huesos crujieron y las costillas se partieron mientras la sangre abandonaba su cuerpo a borbotones.
Se levantó y orgullosa miró a aquel hombre que, destrozado agonizaba a sus pies.
Daniel ya no se parecía a Daniel, su cara estaba destrozada por los golpes recibidos, sus brazos y piernas estaban rotos, dislocados o ambas cosas a la vez, sus costillas rotas y su ego totalmente destruido. Nunca había visto tal paliza en mi vida.
-Bésame el pie- le ordenó de nuevo y, esta vez Daniel acató rápidamente sus órdenes y beso su pie entre sollozos y muestras de tremendo dolor.
-¡Oh si nene! así me gusta- dijo la amazona -no pares y sigue besándolo-
Me miró fijamente y, gateando, me acerque y me sumé. Ahora los dos besábamos con ansia sus pies, sus dedos, sus gemelos y ella parecía disfrutar.
Nos ordenó continuar besándola mientras ella deslizaba su mano entre sus piernas.
-Chupad mis dedos.. ¡oh si!-
Sus dedos empezaron a moverse mientras jadeaba de placer, se estaba masturbando mientras nosotros besábamos y acariciábamos su piel.
Minutos despues Esther disfrutó de un generoso orgasmo. -Mmmh oh! siii!... oh!
Retiro su mano húmeda y la presentó frente a nuestros ojos. -Chupad y tragad mi jugos- nos ordenó mientras introducía sus dedos en nuestras bocas.
Pasé unos cuantos días en el hospital recuperándome de las heridas sufridas por la letal luchadora pero, nada que ver con el tiempo y operaciones que pasó Daniel. Nunca pudo volver a andar con normalidad y se carácter había cambiado.
Ese fue el momento más humillante de mi vida. Nunca más volví a ese gimnasio y poco a poco, la amistad con Daniel fue diluyéndose hasta desaparecer. Ninguno de nosotros volvió a ser el mismo hombre y nunca más nos volvimos a reir de una mujer en un gimnasio.
FIN
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viernes, 15 de abril de 2011
lunes, 21 de febrero de 2011
Relato (Sensaciones de poder)
La sangre y el sudor se mezclaban mientras, mis nudillos, desgarraban su piel. Al principio creí haber encontrado un buen rival, mostraba técnica y disponía de la fuerza suficiente para ser todo un desafío. Sus golpes llegaban y podía notar como sus puños se hundían bajo mi piel. Su orgullo le impedía creer que una mujer como yo le pudiera plantar cara y su arrogancia alimentaba mis deseos. Todos los hombres son iguales, se creen superiores y no pueden aceptar que una mujer los supere físicamente y yo los supero, soy más dura y más fuerte, más rápida y lista. Bella y fatal. Me gusta luchar y someter al “hombre”, sentir el poder y notar como cede bajo mi superioridad física.
Ahora está vencido y sufré el impacto de mis golpes. Su cuerpo se retuerce bajo mi fuerza y, poco a poco, lo voy destrozando mientras mis pezones se enduren excitados. Mis músculos aplastan al hombre, sus costillas crujen y su ropa se desintegra, la sangre calenta mi piel y su mirada, antes llena de desprecio y soberbia. Muestra ahora terror, dolor y sumisión.
Suplica clemencia mientras mis puños continuan desgarrando su piel, fracturando sus huesos y destrozando sus órganos. Mis patadas lo hacen volar, mis puñetazos lo hacen gritar y mis llaves estiran y desgarran su carne y sus huesos. Mi excitación aumenta y oleadas de placer recorren mi cuerpo. El hombre llora y sus lágrimas me encienden. Disfruto mucho, su miedo alimenta mi fuerza y, poco a poco mis músculos se endurecen y mis golpes se aceleran. Me duelen los nudillos y disfruto. Disfruto con su sufrimiento y mi coño arde, los orgasmos recorren mi cuerpo mientras las venas se marcan contra mi piel. Me siento embriagada de poder y el placer me ciega, deseo apretarlo contra contra mi cuerpo y aplastarlo bajo mis músculos, quiero sentir como su carne se desgarra incapaz de soportar la presión que mi cuerpo femenino y poderoso puede generar. Respirar su aire, beber su sangre y tomar su vida. Deseo aspirar su último aliento y ser yo el último ser que sus ojos vean con vida.
Inmovilizo su castigado cuerpo bajo el mio, lo envuelvo con mi fuerza y lo ahogo bajo mi carne, los orgasmos recorren mi piel y endurecen mis músculos. Sus huesos crujen y su cuerpo se retuerce mientras el aire abandona sus pulmones y la sangre sus venas.
Noto su cuerpo inmovil e indefenso tensarse entre mis pechos, entre mis piernas; y me froto agresivamente contra él. Mis pezones erguidos y mi clítoris hinchado se clavan en su cara y en su piel mientras explosiones de placer recorren mi cuerpo. Mis músculos se tensan y sus extremidades ceden, noto como estrujo su carne y estiro sus ligamentos, como sus huesos se parten y sus órganos se comprimen. No puede moverse ya que no se lo permito, no puede respirar ya que no se lo permito y, de momento, vive ya que, yo se lo permito.
Mis musculos continúan cerrándose alrededor de su cuerpo alimentados por poderosos orgasmos mientras los ojos del hombre me miran incrédulos y asustados. Tengo el poder de decidir su futuro, el poder de permitirle vivir o morir. Me pertenece, él me pertenece y yo decido, mis músculos deciden. Tengo hambre de poder. Soy su diosa y yo decido su futuro.
Tiembla y se debilita mientras mis piernas se cierran alrededor de su cintura y lo aprietan contra mi sexo. Disfruto de otro orgasmo mientras, poco a poco, le robo la vida.
Lo libero y me pongo en pie, orgullosa de mí misma. Observo su castigado y sangrante cuerpo mientras sus aterrados ojos me miran. La sangre se mezcla con su ropa y sus dientes por el suelo. Balbucea algo que no logro entender mientras tose y la sangre se escapa a borbotones. Observo aquel ser inferior y patético, coloco un pie sobre su pecho y poso para él. mostrando mis definidos bíceps mientras una sonrisa cruel se dibuja en mis labios. Sigo excitada y permito que mis dedos jueguen con mi clítoris mientras observo fijamente los ojos de mi rival. Noto el placer y disfruto de otro orgasmo, lo obligo a mirar mientras mis jugos descienden entre mis piernas y se mezclan con su sangre.
Lo obliigo a desnudarse y a tocarse frente a mi, necesita ser golpeado de nuevo para acatar la órden. No puede acatarla, sus brazos no responden. Sus lágrimas recorren sus mejillas mientras humillado, observa como lo masturbo y se corre sobre mis tetas. Repito dicha operación una y otra vez hasta vaciar sus pelotas. Su semen recorre mi piel, junto a su sangre y mis fuidos. Me siento sucia y le ordeno me limpie, con su lengua. quiero que lama cada centímetro de mi piel, quiero que trague cada gota de mi sudor y su sangre, de su semen y mis fluidos. De nuevo, duda y me obliga a romperle los dedos de una mano. Disfruto con ello y le rompo también los de la otra mano. Él llora y grita mientras yo gozo y disfruto.
Escalofrios de placer recoren mi cuerpo mientras su lengua limpia mi piel y chupa mis orificios. Lo obligo a besar mi cuerpo y notar mis músculos, mi poder.
Mi coño arde de nuevo, está hambriento y él es la comida. Lanzo su cuerpo al suelo y me siento sobre su pecho, inmovilizo sus brazos y, lentamente, muy lentamente deslizo mi cuerpo, acercando mi hambriento órgano sexual a su cara. Él grita y llora histérico e impotente. Inmovilizo sus brazos bajo mis rodillas, aplasto su boca entre mis piernas y lo uso para mi placer. Los orgasmos se repiten mientras me froto contra su cara. Mi sexo es insaciable y pierdo la noción del tiempo.
Satisfecha lo libero de entre mis piernas y abandono su cuerpo ahogado, ahora sin vida.
FIN
Ahora está vencido y sufré el impacto de mis golpes. Su cuerpo se retuerce bajo mi fuerza y, poco a poco, lo voy destrozando mientras mis pezones se enduren excitados. Mis músculos aplastan al hombre, sus costillas crujen y su ropa se desintegra, la sangre calenta mi piel y su mirada, antes llena de desprecio y soberbia. Muestra ahora terror, dolor y sumisión.
Suplica clemencia mientras mis puños continuan desgarrando su piel, fracturando sus huesos y destrozando sus órganos. Mis patadas lo hacen volar, mis puñetazos lo hacen gritar y mis llaves estiran y desgarran su carne y sus huesos. Mi excitación aumenta y oleadas de placer recorren mi cuerpo. El hombre llora y sus lágrimas me encienden. Disfruto mucho, su miedo alimenta mi fuerza y, poco a poco mis músculos se endurecen y mis golpes se aceleran. Me duelen los nudillos y disfruto. Disfruto con su sufrimiento y mi coño arde, los orgasmos recorren mi cuerpo mientras las venas se marcan contra mi piel. Me siento embriagada de poder y el placer me ciega, deseo apretarlo contra contra mi cuerpo y aplastarlo bajo mis músculos, quiero sentir como su carne se desgarra incapaz de soportar la presión que mi cuerpo femenino y poderoso puede generar. Respirar su aire, beber su sangre y tomar su vida. Deseo aspirar su último aliento y ser yo el último ser que sus ojos vean con vida.
Inmovilizo su castigado cuerpo bajo el mio, lo envuelvo con mi fuerza y lo ahogo bajo mi carne, los orgasmos recorren mi piel y endurecen mis músculos. Sus huesos crujen y su cuerpo se retuerce mientras el aire abandona sus pulmones y la sangre sus venas.
Noto su cuerpo inmovil e indefenso tensarse entre mis pechos, entre mis piernas; y me froto agresivamente contra él. Mis pezones erguidos y mi clítoris hinchado se clavan en su cara y en su piel mientras explosiones de placer recorren mi cuerpo. Mis músculos se tensan y sus extremidades ceden, noto como estrujo su carne y estiro sus ligamentos, como sus huesos se parten y sus órganos se comprimen. No puede moverse ya que no se lo permito, no puede respirar ya que no se lo permito y, de momento, vive ya que, yo se lo permito.
Mis musculos continúan cerrándose alrededor de su cuerpo alimentados por poderosos orgasmos mientras los ojos del hombre me miran incrédulos y asustados. Tengo el poder de decidir su futuro, el poder de permitirle vivir o morir. Me pertenece, él me pertenece y yo decido, mis músculos deciden. Tengo hambre de poder. Soy su diosa y yo decido su futuro.
Tiembla y se debilita mientras mis piernas se cierran alrededor de su cintura y lo aprietan contra mi sexo. Disfruto de otro orgasmo mientras, poco a poco, le robo la vida.
Lo libero y me pongo en pie, orgullosa de mí misma. Observo su castigado y sangrante cuerpo mientras sus aterrados ojos me miran. La sangre se mezcla con su ropa y sus dientes por el suelo. Balbucea algo que no logro entender mientras tose y la sangre se escapa a borbotones. Observo aquel ser inferior y patético, coloco un pie sobre su pecho y poso para él. mostrando mis definidos bíceps mientras una sonrisa cruel se dibuja en mis labios. Sigo excitada y permito que mis dedos jueguen con mi clítoris mientras observo fijamente los ojos de mi rival. Noto el placer y disfruto de otro orgasmo, lo obligo a mirar mientras mis jugos descienden entre mis piernas y se mezclan con su sangre.
Lo obliigo a desnudarse y a tocarse frente a mi, necesita ser golpeado de nuevo para acatar la órden. No puede acatarla, sus brazos no responden. Sus lágrimas recorren sus mejillas mientras humillado, observa como lo masturbo y se corre sobre mis tetas. Repito dicha operación una y otra vez hasta vaciar sus pelotas. Su semen recorre mi piel, junto a su sangre y mis fuidos. Me siento sucia y le ordeno me limpie, con su lengua. quiero que lama cada centímetro de mi piel, quiero que trague cada gota de mi sudor y su sangre, de su semen y mis fluidos. De nuevo, duda y me obliga a romperle los dedos de una mano. Disfruto con ello y le rompo también los de la otra mano. Él llora y grita mientras yo gozo y disfruto.
Escalofrios de placer recoren mi cuerpo mientras su lengua limpia mi piel y chupa mis orificios. Lo obligo a besar mi cuerpo y notar mis músculos, mi poder.
Mi coño arde de nuevo, está hambriento y él es la comida. Lanzo su cuerpo al suelo y me siento sobre su pecho, inmovilizo sus brazos y, lentamente, muy lentamente deslizo mi cuerpo, acercando mi hambriento órgano sexual a su cara. Él grita y llora histérico e impotente. Inmovilizo sus brazos bajo mis rodillas, aplasto su boca entre mis piernas y lo uso para mi placer. Los orgasmos se repiten mientras me froto contra su cara. Mi sexo es insaciable y pierdo la noción del tiempo.
Satisfecha lo libero de entre mis piernas y abandono su cuerpo ahogado, ahora sin vida.
FIN
miércoles, 19 de enero de 2011
El arrepentimiento de Carlos
El arrepentimiento es un desagradable sentimiento, indica que: el coste para cumplir un deseo, es superior a la felicidad obtenida y, éste es el sentimiento que tiene Carlos bajo su piel. Arrepentimiento y dolor, mucho dolor.
Desde pequeño siempre ha sentido una atracción sexual por las mujeres altas y fuertes. Un deseo reprimido que, por su timidez nunca ha permitido explorar, quizá es la atracción por el polo opuesto, lo que lo empuja a desear profundamente sentirse inferior e impotente bajo un poderoso cuerpo femenino.
Carlos nunca ha resaltado por disponer de un físico espectacular (sino todo lo contrario), su estatura está un poco por encima del 1.65 metros y pesa casi 60 kilos (es un hombre pequeño y delgado), también callado y reservado.
Siendo soltero y sin compromiso, se pasa la mayor parte de su tiempo libre descargando vídeos, imágenes y textos sobre dominación femenina (cualquier tipo de dominación femenina) pero tiene claras sus preferencias. Su mayor deseo es ser sometido, golpeado, humillado, violado y destrozado por un cuerpo femenino y poderoso, sentirse inferior e impotente ante la fuerza de una mujer grande, dura y sensual, convertirse en su víctima, su esclavo, su posesión, su juguete.
Con el paso del tiempo perdió parte de su timidez y agregó su nombre y dirección de correo electrónico en una lista de “citas” muy especial, una lista de un club de peleas entre hombres y mujeres.
Su sentido común le gritaba que no lo hiciera, sus deseos le apremiaban por hacerlo y su ego masculino le hacía sentirse capaz de someter a cualquier ser del sexo “inferior” gracias a su fuerza y músculos masculinos.
Carlos introdujo una fiel descripción de su físico y de sus deseos: “Luchar hasta someter al rival, el perdedor no podrá rendirse hasta que el ganador lo permita. El vencedor podrá, como recompensa, usar el cuerpo de su rival para sus propios deseos (laborales, sexuales, etc.).” Carlos dudaba en finalizar las peticiones, faltaba definir el tipo de rival, su sentido común le indicaba empezar con algo “fácil”, una mujer no más alta y pesada que él pero, su deseo, lo llevó a exigir aquello que más le excitaba (un físico superior): “Mujer de al menos 1.70m. y 70 Kilos de peso con experiencia en la lucha cuerpo a cuerpo”.
Las respuestas no tardaron en llegar y, sobre-excitado, Carlos leyó y releyó cada uno de los e-mails, algunos de ellos iban acompañados por sensuales fotos y descripciones.
La excitación era tal que no pudo evitar masturbarse mientras miraba aquellas fotos y se imaginaba indefenso y destrozado por alguna de aquellas mujeres.
Una voz de alarma gritaba en su interior pero, Carlos la ignoró y escogió a aquella mujer que más le excitaba: Amber, 38 años, 1.85 m. y 93 kgs. La imaginó frente a él y su polla endureció de nuevo. En la foto, Amber aparecía a cuerpo entero y flexionaba sus brazos mostrando sus musculados bíceps, a sus pies había un hombre inconsciente, vencido y desnudo. Era una diosa y Carlos necesitaba someterse a aquel cuerpo, la sangre estaba entre sus piernas y su cerebro también.
Se cruzaron varios mails hasta definir hora y lugar. Estaba contento ya que por fin iba a cumplir su deseo más secreto y excitante.
Los días pasaron lentamente y Carlos sólo pensaba en que llegara aquel día. Día que finalmente llegó. Preparó su casa para ello, apartando el mobiliario y definiendo una zona de combate, aquel era el lugar seleccionado (su solitario salón), sólo tenía que esperar a la llegada de Amber.
Las reglas que ambos habían definido prohibían el público y los sistemas de grabación, pero no pudo evitar esconder una pequeña cámara estratégicamente colocada para grabar aquel espectáculo un sentimiento de culpa lo inundó al esconder la cámara pero, no podía evitar grabar aquello para la posteridad.
El timbre sonó y su corazón se aceleró, allí estaba su diosa y él no la iba a hacer esperar, corrió y abrió la puerta de par en par. Frente a él estaba la mujer más grande y fuerte que jamás había visto, tuvo que inclinar su cabeza para poder encontrarse con su mirada. La diferencia física entre ambos cuerpos era tremenda. Amber dispone de casi el doble de masa (casi todo puro músculo) mientras que él tiene un cuerpo blando y frágil. Su cuerpo reaccionó casi al instante y su polla creció y se endureció como nunca antes mientras su corazón se aceleraba peligrosamente.
Ella clavó su fria y penetrante mirada en el hombrecito, pequeño y patético, que tenía delante. Calculó rápidamente su tamaño y fuerza; una perversa sonrisa se dibujó en sus labios al comprender que aquel insignificante macho no tenía nada que hacer frente a su tremenda superioridad física. Notó un bulto crecer entre sus piernas mientras la miraba embelesado y su sonrisa creció más.
Amber respiró profundamente (haciendo que su torso se hinchara y sus pechos crecieran frente a la cara de Carlos) y flexionó sus brazos, mostrando unos bíceps definidos y vasculares. La excitación de Carlos era tal que no pudo evitar correrse allí mismo. Ella se excitó al percibir el orgasmo del hombre. Hacer eyacular a un hombre sin tocarlo en pocos segundos era algo: mágico. Indicaba poder y dominio total, no había empezado y ya lo tenía sometido, le gustaban aquellos hombrecitos, pensaba usarlo para su propio placer.
Carlos ya estaba vestido para el combate (camiseta negra sin mangas y calzoncillos de tipo boxer) ella, en cambio, tenía que cambiar el atuendo de calle por algo más cómodo. Él le señaló el WC pero ella prefirió “cambiarse” allí mismo.
Poco a poco fue quitándose las prendas que cubrían su cuerpo, mostrando su físico imponente ante un impresionado Carlos.
Se quitó toda la ropa hasta quedarse con un pequeño tanga rojo como indumentaria, el resto de su cuerpo brillaba desnudo y los músculos eran claramente visibles. La polla de Carlos volió a crecer sin control. Sus deseos iban, por fin, a cumplirse.
Antes de nada comprobaron y confirmaron las reglas anteriormente definidas. Lucha cuerpo a cuerpo (sin prohibiciones) sin tiempo, rondas ni sumisión. El vencedor decidiría cuando finalizaba el combate. Amber dejó claro que aquello no debía ser grabado y preguntó si había algún sistema de grabación, Carlos mintió entre balbuceos. Alla dejó cvlaro que en caso de encontrar uno él se arrepentiría toda su vida.
Antes de nada, la mujer posó para el pequeño hombre, flexionaba sus músculos y mostaba con orgullo su cuerpo frente al ipnotizado hombre. Le indicó que tocara y comprobara el tacto de sus músculos y él acató sus órdenes con alegría mientras su polla crecía y se endurecía.
Acarició su piel y frotó sus músculos, se impresionó con el tamaño y dureza de los mismos. Empezó por las piernas de Amber y subió lentamente, acariciando cada centímetro de su piel, toda ella era dura y los músculos se marcaban visibles bajo su tersa piel. La excitación crecía y notó como eyaculaba de nuevo mientras un escalofrío recorría su cuerpo.
Ella volvió a flexionar sus brazos y a mostrar sus desenvolupados bíceps ante Carlos, él no pudo evitar tocarlos y besarlos, eran sensualmente grandes y duros, tanto que no podía cerrar su mano alrededor de los mismos.
Amber finalizó aquel espectáculo haciendo botar sus pechos al flexionar sus pectorales. El hombre se quedó con la boca abierta viendo como aquellos desafiantes pechos se movían de arriba a abajo. imaginó lo que sería tener su polla entre aquellos pechos perfectos mientras ella los movía con el poder de su musculatura y... volvió a eyacular en sus pantalones.
Carlos deseaba que aquello empezara, quería sentir aquel cuerpo, aquellos músculos, ser sometido por una mujer “superior”. Quería dar rienda suelta a sus deseos y apretar su palpitante polla contra aquellos excitantes músculos.
Tenía los pantalones mojados y manchados así que, decidió cambiarse antes de empezar. Abandonó el salón y se cambió en la intimidad de su habitación. Cuando volvió al salón, la encontró lista, mostraba una expresión seria y agresiva, “¿Empezamos?”.
La pelea empezó y, minutos más tarde, Carlos lloraba desconsolado, prisionero bajo uno de los pies de la amazona. Desnudo y vencido, incapaz de liberarse de aquella humillación mientras la sangre brotaba de sus heridas.
Amber sonreía y disfrutaba de su sensación de poder absoluto. Era tan fácil, se sentía tan superior. Todo había sucedido rápido, había agarrado el cuerpecito del hombre entre sus brazos y lo había aplastado contra su pecho, lo apretó fuerte entre sus brazos y sus costillas crujieron, haciendo que algunas reventaran bajo la presión, luego, levantó el cuerpo del “hombre” sobre su cabeza y lo lanzó con furia. Carlos chocó contra la pared antes de caer al suelo, allí lo pateó y aplastó como una cucaracha antes de arrancarle la ropa y castigar sus pelotas con tremendos rodillazos. Carlos sintió auténtico terror ante su imposibilidad de detenerla y finalizar con tantísimo dolor.
Se sentía tan bien, tan excitada. Sus pezones crecían y se endurecían bajo su dominio, su tanga se humedecía mientras hacía crujir los huesos de Carlos con sus golpes. Aquel “hombre” no tenía ninguna opción bajo su poder, lo iba a destrozar.
Lo agarró del cuello con una de sus manos y cerró los dedos con fuerza, levantó el cuerpo de Carlos y lo mantuvo en el aire mientras lo ahogaba entre sus dedos. Los pies del macho se balanceaban inútiles a varios palmos del suelo mientras intentaba, sin éxito, abrir los dedos que le robaban el aire. El miedo lo inundó mientras Amber sonreía cruel y zarandeaba el impotente cuerpo de su víctima como si de un muñeco de trapo se tratara.
Creyó que iba a morir ahogado a manos de la amazona pero, antes de perder el conocimiento, la mujer aflojó su presión. Carlos suplicó clemencia con la poca fuerza que le quedaba, lloró y pataleó indefenso mientras ella disfrutaba y su excitación crecía. Golpeó con el puño libre la cara del hombre sin que él pudiera evitarlo. Los golpes eran potentes y a cada puñetazo se abría una herida. Lo mantenía suspendido con una de sus manos mientras, con la otra, lanzaba demoledores puñetazos directos a su cara. No paró hasta que convirtío su cara en un montón de bultos sangrantes, luego, sin dejar que el cuerpo del hombre tocara el suelo, lo colocó sobre sus hombros y estiro con fuerza de la barbilla y la pelvis, el cuerpo del muchacho se dobló bajo la fuerza de la musculosa mujer, su espalda crujió dolorosamente y Carlos creyó, de nuevo, que su vida iba a apagarse en manos de aquella bestia.
Tras retorcer su cuerpo varias veces sobre su espalda, Amber lo levantó de nuevo, usando sus poderosos brazos, sobre su cabeza y lo golpeó repetidas veces contra el techo del salón antes de lanzarlo con furia contra la otra punta de la sala.
Él se rindió a gritos y suplicó entre sollozos que había perdido y que, por favor, se detuviera. Ella se rió a carcajadas antes de responderle que ella era quién decidía cuando y cómo acabaría su sufrimiento. La mujer disfrutaba torturando al “hombre” y sus deseos seguían encendidos.
Carlos notó de nuevo como las garras de la mujer se cerraban sobre su piel y como su cuerpo era separado del suelo. La amazona lo levantó de nuevo sobre su cabeza y lo lanzó con furia contra la otra pared. Amber repitió el movimento varias veces, levantaba el ligero cuerpecito de su víctima sobre su cabeza y lo lanzaba contra las paredes y el mobiliario.
La sangre de Carlos brotaba de su cuerpo y manchaba las paredes y muebles de su salón.
La mujer se detuvo y miró al suelo, a su adversario. Él se retorcía de dolor incapaz de protegerse de aquel tormento.
La amazona lo obligó a mirarla mientras ella flexionaba sus músculos y posaba sensual frente a sus ojos, mostrando su clara superioridad física. Carlos, aterrorizado, miró como los músculos de aquella diosa se hinchaban y endurecían hasta límites que él creía, no existían en un cuerpo femenino. Aquella demostración de fuerza fruta y superioridad, excitó al castigado hombre y su polla creció tímidamente ante aquel dominio.
La mujer sonrió al ver aquella polla bajo su control y ordenó a su pequeña víctima que se levantara. Lentamente, Carlos se puso de pié y, horrorizado, miró como la mujer se acercaba lentamente, él intentó huir retrocediendo hasta que chocó contra la pared.
Su cuerpo temblaba a causa del miedo que aquella mujer le generaba, esperaba ser vencido pero no de una forma tan brutal. Ella continuaba acercándose lentamente mientras flexionaba sus músculos y mostraba su cuerpo al dolorido macho.
Se detuvo a pocos centímetros y lo miró fijamente a los ojos, rápidamente cerró una de sus manos alrededor de sus huevos. Carlos chilló aterrado mientras los dedos de la mujer se cerraban irremediablemente alrededor de su escroto. Ella apretó, retorció y clavó sus dedos mientras su víctima chillaba y lloraba sin control. Apretó con fuerza causando un gran daño en el órgano sexual del hombre. Insatisfecha, lo golpeó repetidamente con su rodilla, castigando todavía más sus destrozados genitales y no se detuvo hasta que notó como la sangre resbalaba por su rodilla. Carlos lloraba y chillaba sin control mientras intentaba protegerse de aquellos golpes.
Lo aplastó contra la pared y disfrutó unos momentos mientras los asustados ojos de Carlos la miraban entre sus pechos. Inmovilizó sus brazos sobre su cabeza y apretó más su cuerpo contra el suyo. Carlos notó como su cara era aplastada contra el pecho de aquella mujer y, cómo su cabeza, era enterrada entre los enormes pechos de la amazona. No podía respirar ni escapar, estaba entre la musculada amazona y la pared.
Al rato Amber liberó su presión sobre la cabeza de su rival y Carlos pudo obtener una bocanada de aire.
La mujer se rió de él y de su patético estado físico mientras él lloraba y suplicaba clemencia. Ella disfrutó viendo su cabeza enterrada entre sus pechos, luchando por respirar.
Zarandeó su torso, haciendo que sus pechos golpearan contra la cara del hombre que sostenía indefenso entre sus tetas. Aquellos pechos eran grandes y pesados. Carlos descubrió con horror que aquellos “tetazos” eran terriblermente efectivos. La sangre salpicaba mientras el sonido acaparaba cualquier sensación “PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS...”.
Nunca antes de haberlo experimentado hubiera imaginado que ser golpeado por unas tetas de mujer pudiera ser tan doloroso.
Amber se reía a carcajadas mientras castigaba la cara de su rival a golpes de teta. Carlos perdió algunos dientes y su mandíbula y nariz cedieron rompiéndose bajo aquellos demoledores golpes de teta.
Al rato, lo liberó y Carlos cayó al suelo encogido en posición fetal entre terribles temblores y dolores. Ella lo cogió del pelo y lo arrastró hacia el medio de la sala, luego se sentó sobre su pecho, aplastándolo bajo sus 93 kilos de peso mientras sus castigadas costillas (algunas rotas, otras fisuradas) crujían incapaces de sostener tanto peso. Amber mostró de nuevo sus poderosos bíceps mientras miraba satisfecha la cara de pez de Carlos, quien incapaz de respirar y aterrorizado, la miraba con los ojos como platos.
Se estiró sobre su cuerpo, lo agarró de las muñecas y retorció sus brazos sobre su cabeza, luego entrelazó sus musculadas y poderosas piernas con las esqueléticas y raquiticas piernas de Carlos y tensó sus músculos.
Carlos intentó gritar pero no pudo, sintió como sus extremidades se retorcían dolorosamente mientras los músculos de Amber se endurecían. Sus piernas empezaron a retorcerse y doblarse bajo la presión de la amazona, notó como su cuerpo era engullido bajo la piel de la rubia. Primero crujió y cedió su pierna izquierda, luego notó como explotaba su rodilla derecha incapaz de soportar tanta tensión. Sus brazos se dislocaron y sus músculos fueron retorcidos y aplastados bajo la potencia de Amber. Se sintió triturar indefenso, sus huesos crujían y sus músculos y tendones se retorcían bajo la presión, se abrieron heridas y se descolocaron huesos.
Amber desplegó su técnica y aplicó distintas llaves sobre el pequeño e indefenso hombrecito. Retorció y aplastó su cuerpecito entre sus poderosos músculos mientras él chillaba y suplicaba entre lágrimas y dolor, mucho dolor.
Amber sintió gran placer al aplastarlo entre sus titánicas piernas, frotó agresiva su sexo contra el de su víctima hasta que un generoso orgasmo recorrió su cuerpo, atravesando su espina dorsal y generando explosiones de placer y de poder.
Un terrible dolor lo invadió cuando los huesos de su pelvis cedieron al poder de la hembra, rompiéndose aplastados entre los muslos de Amber.
Lo liberó antes de que periera el conocimiento, se levantó y miró su “obra” mientras pequeños orgasmos continuaban recorriendo su cuerpo. Entre sus pies se encontraba lo que quedaba de Carlos. La sangre brotaba por múltiples heridas, su cara estaba reventada e inexpresiva, sus brazos retorcidos detrás de su cabeza, el torso y la pelvis estaban hinchados y hundidos a la vez y las piernas retorcidas grotescamente y entre ellas colgaba un saco negro-azul-rojo hinchado (que una vez fueron sus pelotas). Algunos daños eran irreparables, se lo merecía. Ella era una diosa y él un gusano, se merecía aquello y más.
Carlos miró asustado a aquella mujer que lo miraba orgullosa. Amber pasó sus manos por su piel, limpiándose la sangre mientras se movía sensualmente.
“Se acabó la pelea, te declaro vencido.” indicó la mujer mientras se dirigía al baño.
Carlos la siguió con la mirada mientras ella desaparecía en el baño. Sintió un gran alivio al escuchar que su tortura había acabado. Intentó levantarse sin éxito, no podía moverse. Poco a poco se arrastró hacía uno de los extremos de la sala, entonces la vió aparecer de nuevo.
El corazón le dió un vuelco al verla aparecer con un enorme dildo colgando de entre sus piernas. Una enorme polla de goma negra de unos 2 palmos de longitud y con un diámetro parecido al de un puño que apuntaba directamente a su cuerpo.
“Tal y como hemos establecido en las normas, ahora puedo hacer contigo lo que quiera” agregó feliz mientras se acercaba lentamente a Carlos. Él no pudo hacer nada para evitarlo, Amber lo levantó del suelo, lo aplastó contra una pared y lo perforó durante horas con aquella polla, le reventó literalmente el culo y no paró hasta que Carlos cayó inconsciente a causa del dolor.
Carlos despertó en un hospital, conectado a infinidad de tubos, rodeado de máquinas y pitidos. Sus lesiones eran importantes y tenía graves daños internos, traumatismos, contusiones y derrames por todo su cuerpo.
Entre otras cosas había perdido un testículo y la posibilidad de volver a andar con normalidad.
Pasaron meses antes de que podiera volver a su casa, tuvo problemas para moverse con su nueva silla de ruedas. Una vez allí recogió su grabación y la miró con detenimiento.
Tuvo que silenciar el sonido ya que sus chillidos al ser perforado por aquella mujer se asemejaban a los de un cerdo siendo sacrificado. Pudo observar que, tras perder el conocimiento, ella continuó abusando de su cuerpo, enterrando aquella gigantesca polla entre sus carnes y frotando sus genitales contra su cuerpo. Finalmente, ella se sentó sobre su pecho y se masturbó, corriéndose sobre su castigada cara.
Luego, para su sorpresa, pudo ver como la mujer se acercaba a la cámara y la miraba fíjamente (sintió como su corazón se detenía y como el miedo lo inundaba), ella sabía que había una cámara, se sintió mal por engañarla y peor al entender que, aquella paliza era consecuencia de aquel engaño. Parecía que lo mirara directamente a los ojos, Amber mostraba una expresión de enfado y asco. Luego dió media vuelta y desapareció, no sin antes patear de nuevo su indefenso e inconsciente cuerpo, se sacó el dildo y lo introdujo profundamente en su boca, sacó unas cuantas fotos humillantes de aquel saco de huesos llamado Carlos antes de desaparecer para siempre.
El arrepentimiento inundó su cuerpo. Aquella experiencia lo había destrozado físicamente y ahora se arrepentía, se arrepentía profundamente por haber dejado aquella cámara y haber echo enfadar a aquella diosa.
FIN
Desde pequeño siempre ha sentido una atracción sexual por las mujeres altas y fuertes. Un deseo reprimido que, por su timidez nunca ha permitido explorar, quizá es la atracción por el polo opuesto, lo que lo empuja a desear profundamente sentirse inferior e impotente bajo un poderoso cuerpo femenino.
Carlos nunca ha resaltado por disponer de un físico espectacular (sino todo lo contrario), su estatura está un poco por encima del 1.65 metros y pesa casi 60 kilos (es un hombre pequeño y delgado), también callado y reservado.
Siendo soltero y sin compromiso, se pasa la mayor parte de su tiempo libre descargando vídeos, imágenes y textos sobre dominación femenina (cualquier tipo de dominación femenina) pero tiene claras sus preferencias. Su mayor deseo es ser sometido, golpeado, humillado, violado y destrozado por un cuerpo femenino y poderoso, sentirse inferior e impotente ante la fuerza de una mujer grande, dura y sensual, convertirse en su víctima, su esclavo, su posesión, su juguete.
Con el paso del tiempo perdió parte de su timidez y agregó su nombre y dirección de correo electrónico en una lista de “citas” muy especial, una lista de un club de peleas entre hombres y mujeres.
Su sentido común le gritaba que no lo hiciera, sus deseos le apremiaban por hacerlo y su ego masculino le hacía sentirse capaz de someter a cualquier ser del sexo “inferior” gracias a su fuerza y músculos masculinos.
Carlos introdujo una fiel descripción de su físico y de sus deseos: “Luchar hasta someter al rival, el perdedor no podrá rendirse hasta que el ganador lo permita. El vencedor podrá, como recompensa, usar el cuerpo de su rival para sus propios deseos (laborales, sexuales, etc.).” Carlos dudaba en finalizar las peticiones, faltaba definir el tipo de rival, su sentido común le indicaba empezar con algo “fácil”, una mujer no más alta y pesada que él pero, su deseo, lo llevó a exigir aquello que más le excitaba (un físico superior): “Mujer de al menos 1.70m. y 70 Kilos de peso con experiencia en la lucha cuerpo a cuerpo”.
Las respuestas no tardaron en llegar y, sobre-excitado, Carlos leyó y releyó cada uno de los e-mails, algunos de ellos iban acompañados por sensuales fotos y descripciones.
La excitación era tal que no pudo evitar masturbarse mientras miraba aquellas fotos y se imaginaba indefenso y destrozado por alguna de aquellas mujeres.
Una voz de alarma gritaba en su interior pero, Carlos la ignoró y escogió a aquella mujer que más le excitaba: Amber, 38 años, 1.85 m. y 93 kgs. La imaginó frente a él y su polla endureció de nuevo. En la foto, Amber aparecía a cuerpo entero y flexionaba sus brazos mostrando sus musculados bíceps, a sus pies había un hombre inconsciente, vencido y desnudo. Era una diosa y Carlos necesitaba someterse a aquel cuerpo, la sangre estaba entre sus piernas y su cerebro también.
Se cruzaron varios mails hasta definir hora y lugar. Estaba contento ya que por fin iba a cumplir su deseo más secreto y excitante.
Los días pasaron lentamente y Carlos sólo pensaba en que llegara aquel día. Día que finalmente llegó. Preparó su casa para ello, apartando el mobiliario y definiendo una zona de combate, aquel era el lugar seleccionado (su solitario salón), sólo tenía que esperar a la llegada de Amber.
Las reglas que ambos habían definido prohibían el público y los sistemas de grabación, pero no pudo evitar esconder una pequeña cámara estratégicamente colocada para grabar aquel espectáculo un sentimiento de culpa lo inundó al esconder la cámara pero, no podía evitar grabar aquello para la posteridad.
El timbre sonó y su corazón se aceleró, allí estaba su diosa y él no la iba a hacer esperar, corrió y abrió la puerta de par en par. Frente a él estaba la mujer más grande y fuerte que jamás había visto, tuvo que inclinar su cabeza para poder encontrarse con su mirada. La diferencia física entre ambos cuerpos era tremenda. Amber dispone de casi el doble de masa (casi todo puro músculo) mientras que él tiene un cuerpo blando y frágil. Su cuerpo reaccionó casi al instante y su polla creció y se endureció como nunca antes mientras su corazón se aceleraba peligrosamente.
Ella clavó su fria y penetrante mirada en el hombrecito, pequeño y patético, que tenía delante. Calculó rápidamente su tamaño y fuerza; una perversa sonrisa se dibujó en sus labios al comprender que aquel insignificante macho no tenía nada que hacer frente a su tremenda superioridad física. Notó un bulto crecer entre sus piernas mientras la miraba embelesado y su sonrisa creció más.
Amber respiró profundamente (haciendo que su torso se hinchara y sus pechos crecieran frente a la cara de Carlos) y flexionó sus brazos, mostrando unos bíceps definidos y vasculares. La excitación de Carlos era tal que no pudo evitar correrse allí mismo. Ella se excitó al percibir el orgasmo del hombre. Hacer eyacular a un hombre sin tocarlo en pocos segundos era algo: mágico. Indicaba poder y dominio total, no había empezado y ya lo tenía sometido, le gustaban aquellos hombrecitos, pensaba usarlo para su propio placer.
Carlos ya estaba vestido para el combate (camiseta negra sin mangas y calzoncillos de tipo boxer) ella, en cambio, tenía que cambiar el atuendo de calle por algo más cómodo. Él le señaló el WC pero ella prefirió “cambiarse” allí mismo.
Poco a poco fue quitándose las prendas que cubrían su cuerpo, mostrando su físico imponente ante un impresionado Carlos.
Se quitó toda la ropa hasta quedarse con un pequeño tanga rojo como indumentaria, el resto de su cuerpo brillaba desnudo y los músculos eran claramente visibles. La polla de Carlos volió a crecer sin control. Sus deseos iban, por fin, a cumplirse.
Antes de nada comprobaron y confirmaron las reglas anteriormente definidas. Lucha cuerpo a cuerpo (sin prohibiciones) sin tiempo, rondas ni sumisión. El vencedor decidiría cuando finalizaba el combate. Amber dejó claro que aquello no debía ser grabado y preguntó si había algún sistema de grabación, Carlos mintió entre balbuceos. Alla dejó cvlaro que en caso de encontrar uno él se arrepentiría toda su vida.
Antes de nada, la mujer posó para el pequeño hombre, flexionaba sus músculos y mostaba con orgullo su cuerpo frente al ipnotizado hombre. Le indicó que tocara y comprobara el tacto de sus músculos y él acató sus órdenes con alegría mientras su polla crecía y se endurecía.
Acarició su piel y frotó sus músculos, se impresionó con el tamaño y dureza de los mismos. Empezó por las piernas de Amber y subió lentamente, acariciando cada centímetro de su piel, toda ella era dura y los músculos se marcaban visibles bajo su tersa piel. La excitación crecía y notó como eyaculaba de nuevo mientras un escalofrío recorría su cuerpo.
Ella volvió a flexionar sus brazos y a mostrar sus desenvolupados bíceps ante Carlos, él no pudo evitar tocarlos y besarlos, eran sensualmente grandes y duros, tanto que no podía cerrar su mano alrededor de los mismos.
Amber finalizó aquel espectáculo haciendo botar sus pechos al flexionar sus pectorales. El hombre se quedó con la boca abierta viendo como aquellos desafiantes pechos se movían de arriba a abajo. imaginó lo que sería tener su polla entre aquellos pechos perfectos mientras ella los movía con el poder de su musculatura y... volvió a eyacular en sus pantalones.
Carlos deseaba que aquello empezara, quería sentir aquel cuerpo, aquellos músculos, ser sometido por una mujer “superior”. Quería dar rienda suelta a sus deseos y apretar su palpitante polla contra aquellos excitantes músculos.
Tenía los pantalones mojados y manchados así que, decidió cambiarse antes de empezar. Abandonó el salón y se cambió en la intimidad de su habitación. Cuando volvió al salón, la encontró lista, mostraba una expresión seria y agresiva, “¿Empezamos?”.
La pelea empezó y, minutos más tarde, Carlos lloraba desconsolado, prisionero bajo uno de los pies de la amazona. Desnudo y vencido, incapaz de liberarse de aquella humillación mientras la sangre brotaba de sus heridas.
Amber sonreía y disfrutaba de su sensación de poder absoluto. Era tan fácil, se sentía tan superior. Todo había sucedido rápido, había agarrado el cuerpecito del hombre entre sus brazos y lo había aplastado contra su pecho, lo apretó fuerte entre sus brazos y sus costillas crujieron, haciendo que algunas reventaran bajo la presión, luego, levantó el cuerpo del “hombre” sobre su cabeza y lo lanzó con furia. Carlos chocó contra la pared antes de caer al suelo, allí lo pateó y aplastó como una cucaracha antes de arrancarle la ropa y castigar sus pelotas con tremendos rodillazos. Carlos sintió auténtico terror ante su imposibilidad de detenerla y finalizar con tantísimo dolor.
Se sentía tan bien, tan excitada. Sus pezones crecían y se endurecían bajo su dominio, su tanga se humedecía mientras hacía crujir los huesos de Carlos con sus golpes. Aquel “hombre” no tenía ninguna opción bajo su poder, lo iba a destrozar.
Lo agarró del cuello con una de sus manos y cerró los dedos con fuerza, levantó el cuerpo de Carlos y lo mantuvo en el aire mientras lo ahogaba entre sus dedos. Los pies del macho se balanceaban inútiles a varios palmos del suelo mientras intentaba, sin éxito, abrir los dedos que le robaban el aire. El miedo lo inundó mientras Amber sonreía cruel y zarandeaba el impotente cuerpo de su víctima como si de un muñeco de trapo se tratara.
Creyó que iba a morir ahogado a manos de la amazona pero, antes de perder el conocimiento, la mujer aflojó su presión. Carlos suplicó clemencia con la poca fuerza que le quedaba, lloró y pataleó indefenso mientras ella disfrutaba y su excitación crecía. Golpeó con el puño libre la cara del hombre sin que él pudiera evitarlo. Los golpes eran potentes y a cada puñetazo se abría una herida. Lo mantenía suspendido con una de sus manos mientras, con la otra, lanzaba demoledores puñetazos directos a su cara. No paró hasta que convirtío su cara en un montón de bultos sangrantes, luego, sin dejar que el cuerpo del hombre tocara el suelo, lo colocó sobre sus hombros y estiro con fuerza de la barbilla y la pelvis, el cuerpo del muchacho se dobló bajo la fuerza de la musculosa mujer, su espalda crujió dolorosamente y Carlos creyó, de nuevo, que su vida iba a apagarse en manos de aquella bestia.
Tras retorcer su cuerpo varias veces sobre su espalda, Amber lo levantó de nuevo, usando sus poderosos brazos, sobre su cabeza y lo golpeó repetidas veces contra el techo del salón antes de lanzarlo con furia contra la otra punta de la sala.
Él se rindió a gritos y suplicó entre sollozos que había perdido y que, por favor, se detuviera. Ella se rió a carcajadas antes de responderle que ella era quién decidía cuando y cómo acabaría su sufrimiento. La mujer disfrutaba torturando al “hombre” y sus deseos seguían encendidos.
Carlos notó de nuevo como las garras de la mujer se cerraban sobre su piel y como su cuerpo era separado del suelo. La amazona lo levantó de nuevo sobre su cabeza y lo lanzó con furia contra la otra pared. Amber repitió el movimento varias veces, levantaba el ligero cuerpecito de su víctima sobre su cabeza y lo lanzaba contra las paredes y el mobiliario.
La sangre de Carlos brotaba de su cuerpo y manchaba las paredes y muebles de su salón.
La mujer se detuvo y miró al suelo, a su adversario. Él se retorcía de dolor incapaz de protegerse de aquel tormento.
La amazona lo obligó a mirarla mientras ella flexionaba sus músculos y posaba sensual frente a sus ojos, mostrando su clara superioridad física. Carlos, aterrorizado, miró como los músculos de aquella diosa se hinchaban y endurecían hasta límites que él creía, no existían en un cuerpo femenino. Aquella demostración de fuerza fruta y superioridad, excitó al castigado hombre y su polla creció tímidamente ante aquel dominio.
La mujer sonrió al ver aquella polla bajo su control y ordenó a su pequeña víctima que se levantara. Lentamente, Carlos se puso de pié y, horrorizado, miró como la mujer se acercaba lentamente, él intentó huir retrocediendo hasta que chocó contra la pared.
Su cuerpo temblaba a causa del miedo que aquella mujer le generaba, esperaba ser vencido pero no de una forma tan brutal. Ella continuaba acercándose lentamente mientras flexionaba sus músculos y mostraba su cuerpo al dolorido macho.
Se detuvo a pocos centímetros y lo miró fijamente a los ojos, rápidamente cerró una de sus manos alrededor de sus huevos. Carlos chilló aterrado mientras los dedos de la mujer se cerraban irremediablemente alrededor de su escroto. Ella apretó, retorció y clavó sus dedos mientras su víctima chillaba y lloraba sin control. Apretó con fuerza causando un gran daño en el órgano sexual del hombre. Insatisfecha, lo golpeó repetidamente con su rodilla, castigando todavía más sus destrozados genitales y no se detuvo hasta que notó como la sangre resbalaba por su rodilla. Carlos lloraba y chillaba sin control mientras intentaba protegerse de aquellos golpes.
Lo aplastó contra la pared y disfrutó unos momentos mientras los asustados ojos de Carlos la miraban entre sus pechos. Inmovilizó sus brazos sobre su cabeza y apretó más su cuerpo contra el suyo. Carlos notó como su cara era aplastada contra el pecho de aquella mujer y, cómo su cabeza, era enterrada entre los enormes pechos de la amazona. No podía respirar ni escapar, estaba entre la musculada amazona y la pared.
Al rato Amber liberó su presión sobre la cabeza de su rival y Carlos pudo obtener una bocanada de aire.
La mujer se rió de él y de su patético estado físico mientras él lloraba y suplicaba clemencia. Ella disfrutó viendo su cabeza enterrada entre sus pechos, luchando por respirar.
Zarandeó su torso, haciendo que sus pechos golpearan contra la cara del hombre que sostenía indefenso entre sus tetas. Aquellos pechos eran grandes y pesados. Carlos descubrió con horror que aquellos “tetazos” eran terriblermente efectivos. La sangre salpicaba mientras el sonido acaparaba cualquier sensación “PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS...”.
Nunca antes de haberlo experimentado hubiera imaginado que ser golpeado por unas tetas de mujer pudiera ser tan doloroso.
Amber se reía a carcajadas mientras castigaba la cara de su rival a golpes de teta. Carlos perdió algunos dientes y su mandíbula y nariz cedieron rompiéndose bajo aquellos demoledores golpes de teta.
Al rato, lo liberó y Carlos cayó al suelo encogido en posición fetal entre terribles temblores y dolores. Ella lo cogió del pelo y lo arrastró hacia el medio de la sala, luego se sentó sobre su pecho, aplastándolo bajo sus 93 kilos de peso mientras sus castigadas costillas (algunas rotas, otras fisuradas) crujían incapaces de sostener tanto peso. Amber mostró de nuevo sus poderosos bíceps mientras miraba satisfecha la cara de pez de Carlos, quien incapaz de respirar y aterrorizado, la miraba con los ojos como platos.
Se estiró sobre su cuerpo, lo agarró de las muñecas y retorció sus brazos sobre su cabeza, luego entrelazó sus musculadas y poderosas piernas con las esqueléticas y raquiticas piernas de Carlos y tensó sus músculos.
Carlos intentó gritar pero no pudo, sintió como sus extremidades se retorcían dolorosamente mientras los músculos de Amber se endurecían. Sus piernas empezaron a retorcerse y doblarse bajo la presión de la amazona, notó como su cuerpo era engullido bajo la piel de la rubia. Primero crujió y cedió su pierna izquierda, luego notó como explotaba su rodilla derecha incapaz de soportar tanta tensión. Sus brazos se dislocaron y sus músculos fueron retorcidos y aplastados bajo la potencia de Amber. Se sintió triturar indefenso, sus huesos crujían y sus músculos y tendones se retorcían bajo la presión, se abrieron heridas y se descolocaron huesos.
Amber desplegó su técnica y aplicó distintas llaves sobre el pequeño e indefenso hombrecito. Retorció y aplastó su cuerpecito entre sus poderosos músculos mientras él chillaba y suplicaba entre lágrimas y dolor, mucho dolor.
Amber sintió gran placer al aplastarlo entre sus titánicas piernas, frotó agresiva su sexo contra el de su víctima hasta que un generoso orgasmo recorrió su cuerpo, atravesando su espina dorsal y generando explosiones de placer y de poder.
Un terrible dolor lo invadió cuando los huesos de su pelvis cedieron al poder de la hembra, rompiéndose aplastados entre los muslos de Amber.
Lo liberó antes de que periera el conocimiento, se levantó y miró su “obra” mientras pequeños orgasmos continuaban recorriendo su cuerpo. Entre sus pies se encontraba lo que quedaba de Carlos. La sangre brotaba por múltiples heridas, su cara estaba reventada e inexpresiva, sus brazos retorcidos detrás de su cabeza, el torso y la pelvis estaban hinchados y hundidos a la vez y las piernas retorcidas grotescamente y entre ellas colgaba un saco negro-azul-rojo hinchado (que una vez fueron sus pelotas). Algunos daños eran irreparables, se lo merecía. Ella era una diosa y él un gusano, se merecía aquello y más.
Carlos miró asustado a aquella mujer que lo miraba orgullosa. Amber pasó sus manos por su piel, limpiándose la sangre mientras se movía sensualmente.
“Se acabó la pelea, te declaro vencido.” indicó la mujer mientras se dirigía al baño.
Carlos la siguió con la mirada mientras ella desaparecía en el baño. Sintió un gran alivio al escuchar que su tortura había acabado. Intentó levantarse sin éxito, no podía moverse. Poco a poco se arrastró hacía uno de los extremos de la sala, entonces la vió aparecer de nuevo.
El corazón le dió un vuelco al verla aparecer con un enorme dildo colgando de entre sus piernas. Una enorme polla de goma negra de unos 2 palmos de longitud y con un diámetro parecido al de un puño que apuntaba directamente a su cuerpo.
“Tal y como hemos establecido en las normas, ahora puedo hacer contigo lo que quiera” agregó feliz mientras se acercaba lentamente a Carlos. Él no pudo hacer nada para evitarlo, Amber lo levantó del suelo, lo aplastó contra una pared y lo perforó durante horas con aquella polla, le reventó literalmente el culo y no paró hasta que Carlos cayó inconsciente a causa del dolor.
Carlos despertó en un hospital, conectado a infinidad de tubos, rodeado de máquinas y pitidos. Sus lesiones eran importantes y tenía graves daños internos, traumatismos, contusiones y derrames por todo su cuerpo.
Entre otras cosas había perdido un testículo y la posibilidad de volver a andar con normalidad.
Pasaron meses antes de que podiera volver a su casa, tuvo problemas para moverse con su nueva silla de ruedas. Una vez allí recogió su grabación y la miró con detenimiento.
Tuvo que silenciar el sonido ya que sus chillidos al ser perforado por aquella mujer se asemejaban a los de un cerdo siendo sacrificado. Pudo observar que, tras perder el conocimiento, ella continuó abusando de su cuerpo, enterrando aquella gigantesca polla entre sus carnes y frotando sus genitales contra su cuerpo. Finalmente, ella se sentó sobre su pecho y se masturbó, corriéndose sobre su castigada cara.
Luego, para su sorpresa, pudo ver como la mujer se acercaba a la cámara y la miraba fíjamente (sintió como su corazón se detenía y como el miedo lo inundaba), ella sabía que había una cámara, se sintió mal por engañarla y peor al entender que, aquella paliza era consecuencia de aquel engaño. Parecía que lo mirara directamente a los ojos, Amber mostraba una expresión de enfado y asco. Luego dió media vuelta y desapareció, no sin antes patear de nuevo su indefenso e inconsciente cuerpo, se sacó el dildo y lo introdujo profundamente en su boca, sacó unas cuantas fotos humillantes de aquel saco de huesos llamado Carlos antes de desaparecer para siempre.
El arrepentimiento inundó su cuerpo. Aquella experiencia lo había destrozado físicamente y ahora se arrepentía, se arrepentía profundamente por haber dejado aquella cámara y haber echo enfadar a aquella diosa.
FIN
miércoles, 28 de julio de 2010
Perdiendo la novia y el orgullo
Todo empezó en una discoteca situada en uno de los polígonos industriales existentes en mi ciudad. Gloria (mi novia) y yo, disfrutábamos de una noche en pareja. Hoy celebrábamos nuestro segundo aniversario de noviazgo y la noche había sido perfecta.
Al volver de una de mis visitas al baño, descubrí a una chica bailando cerca de mi novia. Pude comprobar el deseo en sus ojos al mirar las piernas de Gloria. Aquella mujer agarró a mi novia de la cintura y la apretó contra su cuerpo mientras bailaban. Aceleré mi paso para evitar algo peor y al llegar junto a Gloria la rodee con mis brazos y la acerqué a mi para que la intrusa entendiera que aquella mujer ya tenía pareja.
Continué bailando con Gloria pero Verónica continuaba junto a nosotros y aprovechaba cualquier situación para rozarse con mi novia. -Me está tocando el culo- me susurró incómoda. Nos movimos a la otra punta de la sala, aquello me estaba haciendo enfadar.
A los pocos minutos la lesbiana estaba de nuevo contoneándose junto a mi pareja. Tenía un cuerpo de constitución fuerte y algo musculada. No era más alta que yo pero quizá si un poco más pesada. Empujé a la chica y la increpé por estar molestándonos. Ella me devolvió el empujón y me caí al suelo. Una sonrisa se dibujó en sus labios al verme en el suelo. Mi novia me miraba sorprendida y yo me sentía humillado.
Rabioso me tiré sobre ella y ambos acabamos rodando por el suelo mientras oía los gritos de mi novia.
Seguridad apareció rápido y nos sacaron de la discoteca por la puerta de servicio. Dicha puerta daba a un callejón oscuro y los 3 acabamos sólos allí.
Amenacé a Verónica que si no quería acabar mal mejor nos dejara en paz. Ella respondió empujándome otra vez. Al rato estábamos intercambiando golpes de nuevo, y el miedo se apoderó de mí al comprobar que yo estaba perdiendo, ella sabía pelear, tenía técnica, fuerza y velocidad.
Mis golpes no la afectaban, su cuerpo estaba protegido por una capa de dura musculatura que mis puños no podían atravesar. No tenía nada que hacer contra aquel cuerpo más fuerte y ágil que el mio.
Gloria miraba la escena aterrada mientras yo recibía una paliza. Mi cuerpo estaba tirado contra la pared y la lesbiana lo pateaba con furia.
-No puedes hacer nada contra mi- me indicó Verónica mientras continuaba aplastando mi cuerpo bajo sus botas.
-Eres demasiado débil y no tienes idea de pelear... patético- escupió mientras continuaba pateando mi dolorido cuerpo.
Me obligó a levantarme agarrándome del pelo y continuó golpeándome delante de mi novia. Gloria suplicaba que dejara de golpearme y yo intentaba protegerme y devolverle los golpes, pero era inútil, aquella lesbiana musculada estaba en otro nivel y yo sucumbía bajo su potencia física y sus golpes demoledores.
-¡¡BASTA, DÉJALO!!- gritaba Gloria -POR FAVOR, PARA!-
Verónica disfrutaba golpeando mi cuerpo frente a los aterrados ojos de Gloria, sus erguidos pezones eran visibles a traves de su ropa y la sonrisa dibujada en su cara demostraba placer. Yo sangraba y me tambaleaba bajo sus puñetazos. Caí al suelo y aplastó mi cabeza bajo su bota en una clara postura de superioridad total.
-No puedes detenerme, comprueba mi poder- tras esto, La lesbiana flexionó sus bíceps y los músculos de su torso respondieron creciendo y endureciéndose. Alí estaba yo, humillado bajo su bota mientras ella mostraba su potencia física y superioridad a mi asustada novia.
Gloria continuaba llorando y suplicando que me dejara en paz. -Por favor, libéralo- agregó entre sollozos.
-Ven, acaricia mis músculos y dejaré de golopearlo- respondió Verónica ante las súplicas de mi novia.
Yo continuaba aplastado bajo su bota mientras las manos de Gloria recorrían la piel de mi agresora.
-¿Tu novio nunca ha tenido unos músculos tan definidos eh?-
Gloria continuaba acatando las órdenes de la lesbiana mientras yo, humillado y dolorido, continuaba impotente bajo la bota de aquella mujer. Al poco rato, pude ver a mi novia de rodillas entre las piernas de Verónica, acariciándola y besándola entre las piernas.
-¡Oh si nena!- agregó al apretar la cabeza de mi mujer entre sus piernas y frotarse con su cara.
Aliviado sentí como la lesbiana me liberaba de su presión y ordenaba a mi novia a quitarle los shorts. El dolor que sentía me impidió levantarme del suelo y continúe mirando embobado como mi novia acataba las órdenes y le bajaba los shorts, liberando su ardiente órgano sexual.
Desnuda de cintura para abajo (excepto por sus botas), la lesbiana volvió a aplastar mi cara bajo su bota e inmovilizarme bajo su cuerpo mientras empujaba la cabeza de mi novia directamente contra su coño y se frotaba con fuerza contra ella, lanzando gemidos de placer.
Yo no podía hacer nada para evitarlo, me encontraba inmóvil bajo la presión de Verónica y estaba asustado tras la demostración de fuerza que había sentido en mis propias carnes.
Frotó con fuerza la cara de mi novia entre sus piernas hasta que unos gemidos de placer escaparon de su boca y se corría salvajemente sobre mi novia. Al finalizar, empujó el cuerpo de Gloria y le ordenó que se desnudara.
Gloria estaba llorando en el suelo, y no podía creer lo que estaba ocurriendo (al igual que yo).
-He dicho que te desnudes- repitió la lesbiana con un tono encendido.
Gloria continuaba llorando en el suelo, repitiendo una y otra vez que nos dejara en paz, incapaz de acatar las órdenes de la poderosa mujer, humillada como nunca antes en su vida. Se sentía violada.
-Bien, pues continuaré disfrutando con tu novio- agregó a la vez que me agarraba del pelo y me obligaba a levantarme. Me rodeó con sus fornidos brazos a la altura del torso (inmovilizando mis brazos en los costados) y aplicó presión, tensando todo su cuerpo en un abrazo del oso.
Noté como mis costillas crujían bajo su fuerza y como el oxígeno escapaba de mis pulmones mientras ella continuaba aumentando la presión alrededor de su abrazo mortal. Nunca antes había sentido tanto dolor y terror. Me notaba indefenso en sus manos, incapaz de respirar, incapaz de defenderme. Grité y patalee con todas mis fuerzas mientras Verónica me miraba con una sonrisa cruel y depravada dibujada en su rostro.
-Desnúdate o acabo con él- agregó rabiosa mientras mis costillas continuaban crujiendo entre sus músculos.
Gloria miraba la escena sorprendida ante la demostración de fuerza, incapaz de reaccionar, contiuaba llorando en el suelo tras la humillación recibida. Verónica aumentó su presión y mis costillas volvieron a crujir mientras mi cara se volvía azul a causa de la falta de oxígeno. Noté como (al menos) una de mis costillas se rompía bajo la presión. Las vertebras de mi espalda empezaban también a crujir peligrosamente.
-No creo que duré más de 10 segundos, ese es el tiempo que tienes para desnudarte ante mi- agregó rabiosa mientras aumentaba la presión.
Miré a aquella mujer con los ojos llenos de lágrimas, notaba como mi vida se escapaba mientras aquellos brazos se cerraban milímetro a milímetro alrededor de mi cuerpo. Intenté transmitir perdón y sumisión con la mirada, le supliqué compasión pero parecía tener el efecto contrario. Sonrió cruelmente mientras me aplastaba contra su cuerpo, Verónica disfrutaba percibiendo mi miedo, aquello aumentaba su excitación.
Gloria se levantó entre sollozos. -Para, libéralo y me desnudo- agregó entre lágrimas. -No le hagas más daño-
Verónica me liberó, no sin aplicar antes una última compresión de sus músculos sobre mi castigado cuerpo, generando un tremendo dolor.
Gloria se desnudo completamente y Verónica disfrutó manoseando su cuerpo y chupando sus pechos. Mi novia estaba siendo violada frente a mis ojos y yo era incapaz de detener aquello. Me sentí mpotente e inútil y creo que Gloria tuvo la misma impresión de mi al percibir su mirada de súplica ante lo que le estaba sucediendo.
Mi novia grritaba mientras los dedos de Verónica se introducían en su órgano sexual, preparando el terreno ante lo que iba a venir. La estimulación fue perfecta y Gloria se corrió de placer en las manos de la agresiva lesbiana.
Me sorprendí al ver como Verónica se colocaba un dildo strap-on (polla de goma) enorme, mínimo 25 centímetros de duro plástico. Los ojos de Gloria se abrieron como platos pero no pudo hacer nada para evitar ser penetrada con fuerza.
Verónica clavó sus ojos en mi mientras perforaba agresivamente a mi novia y el terror inundó mi cuerpo al sentirme tan indefenso y débil.
Ante mi sorpresa, Gloria parecía disfrutar ya que sus orgasmos eran espectaculares y Verónica disfrutaba penetrándola de mil maneras distintas. La penetró por delante y por detrás, por arriba y por abajo durante muchísimo tiempo.
-¿Te gusta eh zorra?-
Verónica estaba hundiendo con fuerza su dildo entre las piernas de mi novia, mientras ella gritaba y se retorcía entre orgasmos de placer.
-Soy más grande que él, más fuerte que él, más poderosa que él, más bella que él y genero más placer que él... soy superior a él... ¿seguro que quieres quedarte con él?- preguntó Verónica a Gloria mientras los orgasmos se sucedían.
-¡Sigue sigue, no pares... ohhh!- los gritos de placer de mi novia retumbaban en mi cabeza.
Yo nunca había conseguido tal excitación. Gloria se retorcía de placer bajo la influencia de aquella mujer. Verónica me miraba profundamente mientas hundía aquel dildo y conseguía increíbles orgasmos.
-Seguro que nunca antes habías visto a Gloria disfrutar tanto- me dijo la muy zorra mientras continuaba follándose a mi novia.
Lentamente, la lesbiana retiró la polla del coño de mi novia y se incorporó. Gloria se quedó tirada en el suelo, con los ojos cerrados y disfrutando de contínuas olas de placer.
-Límpiame la polla- me ordenó con las manos en las caderas y las piernas ligeramente separadas en una postura de superioridad. Su piel brillaba a causa del sudor y sus músculos parecían mayores tras el esfuerzo realizado. Era una imagen intimidante y, asustado, gateé hasta ella y acaté sus órdenes, chupando y limpiando aquel pollón de plástico.
-Mira lo patético que es tu novio. No te merece-
Gloria abrió los ojos, todavía entre orgasmos, y miró la escena. Delante suyo estaba la mujer más increible que jamás había conocido y su novio, arrodillado frente a la musculada lesbiana limpiando su falo.
No pude soportar más la humillación y junté la valentía suficiente para encararme contra Verónica y darle su merecido. Me levanté con rapidez y me tiré sobre Verónica. Quería destrozarla.
En pocos segundos ya había perdido y la lesbiana estaba golpeando mi cuerpo con furia. Me lanzaba contra la pared y pateaba mi cuerpo. Me bajó los pantalones y arrancó mi ropa interior. Antes de poder evitarlo, estaba violándome con el el dildo de plástico ante los ojos de mi novia.
Lloré como un niño y supliqué que me dejara, pero sólo conseguía alimentar su excitación y agresividad. Noté como me agarraba la polla con una de sus manos y me pajeaba mientras me daba por culo. Al rato gemía de placer y me corría bajo su manipulación.
Se separó de mi y me aplastó contra el suelo, pisando mi cabeza con una de sus botas y mostrando orgullosa sus músculos.
Gloria se levantó y decidida se acercó a la lesbiana, acarició su cuerpo y besó su piel. -Me voy contigo- le dijo a la lesbiana antes de que las dos desaparecieran de mi vida.
FIN.
Al volver de una de mis visitas al baño, descubrí a una chica bailando cerca de mi novia. Pude comprobar el deseo en sus ojos al mirar las piernas de Gloria. Aquella mujer agarró a mi novia de la cintura y la apretó contra su cuerpo mientras bailaban. Aceleré mi paso para evitar algo peor y al llegar junto a Gloria la rodee con mis brazos y la acerqué a mi para que la intrusa entendiera que aquella mujer ya tenía pareja.
Continué bailando con Gloria pero Verónica continuaba junto a nosotros y aprovechaba cualquier situación para rozarse con mi novia. -Me está tocando el culo- me susurró incómoda. Nos movimos a la otra punta de la sala, aquello me estaba haciendo enfadar.
A los pocos minutos la lesbiana estaba de nuevo contoneándose junto a mi pareja. Tenía un cuerpo de constitución fuerte y algo musculada. No era más alta que yo pero quizá si un poco más pesada. Empujé a la chica y la increpé por estar molestándonos. Ella me devolvió el empujón y me caí al suelo. Una sonrisa se dibujó en sus labios al verme en el suelo. Mi novia me miraba sorprendida y yo me sentía humillado.
Rabioso me tiré sobre ella y ambos acabamos rodando por el suelo mientras oía los gritos de mi novia.
Seguridad apareció rápido y nos sacaron de la discoteca por la puerta de servicio. Dicha puerta daba a un callejón oscuro y los 3 acabamos sólos allí.
Amenacé a Verónica que si no quería acabar mal mejor nos dejara en paz. Ella respondió empujándome otra vez. Al rato estábamos intercambiando golpes de nuevo, y el miedo se apoderó de mí al comprobar que yo estaba perdiendo, ella sabía pelear, tenía técnica, fuerza y velocidad.
Mis golpes no la afectaban, su cuerpo estaba protegido por una capa de dura musculatura que mis puños no podían atravesar. No tenía nada que hacer contra aquel cuerpo más fuerte y ágil que el mio.
Gloria miraba la escena aterrada mientras yo recibía una paliza. Mi cuerpo estaba tirado contra la pared y la lesbiana lo pateaba con furia.
-No puedes hacer nada contra mi- me indicó Verónica mientras continuaba aplastando mi cuerpo bajo sus botas.
-Eres demasiado débil y no tienes idea de pelear... patético- escupió mientras continuaba pateando mi dolorido cuerpo.
Me obligó a levantarme agarrándome del pelo y continuó golpeándome delante de mi novia. Gloria suplicaba que dejara de golpearme y yo intentaba protegerme y devolverle los golpes, pero era inútil, aquella lesbiana musculada estaba en otro nivel y yo sucumbía bajo su potencia física y sus golpes demoledores.
-¡¡BASTA, DÉJALO!!- gritaba Gloria -POR FAVOR, PARA!-
Verónica disfrutaba golpeando mi cuerpo frente a los aterrados ojos de Gloria, sus erguidos pezones eran visibles a traves de su ropa y la sonrisa dibujada en su cara demostraba placer. Yo sangraba y me tambaleaba bajo sus puñetazos. Caí al suelo y aplastó mi cabeza bajo su bota en una clara postura de superioridad total.
-No puedes detenerme, comprueba mi poder- tras esto, La lesbiana flexionó sus bíceps y los músculos de su torso respondieron creciendo y endureciéndose. Alí estaba yo, humillado bajo su bota mientras ella mostraba su potencia física y superioridad a mi asustada novia.
Gloria continuaba llorando y suplicando que me dejara en paz. -Por favor, libéralo- agregó entre sollozos.
-Ven, acaricia mis músculos y dejaré de golopearlo- respondió Verónica ante las súplicas de mi novia.
Yo continuaba aplastado bajo su bota mientras las manos de Gloria recorrían la piel de mi agresora.
-¿Tu novio nunca ha tenido unos músculos tan definidos eh?-
Gloria continuaba acatando las órdenes de la lesbiana mientras yo, humillado y dolorido, continuaba impotente bajo la bota de aquella mujer. Al poco rato, pude ver a mi novia de rodillas entre las piernas de Verónica, acariciándola y besándola entre las piernas.
-¡Oh si nena!- agregó al apretar la cabeza de mi mujer entre sus piernas y frotarse con su cara.
Aliviado sentí como la lesbiana me liberaba de su presión y ordenaba a mi novia a quitarle los shorts. El dolor que sentía me impidió levantarme del suelo y continúe mirando embobado como mi novia acataba las órdenes y le bajaba los shorts, liberando su ardiente órgano sexual.
Desnuda de cintura para abajo (excepto por sus botas), la lesbiana volvió a aplastar mi cara bajo su bota e inmovilizarme bajo su cuerpo mientras empujaba la cabeza de mi novia directamente contra su coño y se frotaba con fuerza contra ella, lanzando gemidos de placer.
Yo no podía hacer nada para evitarlo, me encontraba inmóvil bajo la presión de Verónica y estaba asustado tras la demostración de fuerza que había sentido en mis propias carnes.
Frotó con fuerza la cara de mi novia entre sus piernas hasta que unos gemidos de placer escaparon de su boca y se corría salvajemente sobre mi novia. Al finalizar, empujó el cuerpo de Gloria y le ordenó que se desnudara.
Gloria estaba llorando en el suelo, y no podía creer lo que estaba ocurriendo (al igual que yo).
-He dicho que te desnudes- repitió la lesbiana con un tono encendido.
Gloria continuaba llorando en el suelo, repitiendo una y otra vez que nos dejara en paz, incapaz de acatar las órdenes de la poderosa mujer, humillada como nunca antes en su vida. Se sentía violada.
-Bien, pues continuaré disfrutando con tu novio- agregó a la vez que me agarraba del pelo y me obligaba a levantarme. Me rodeó con sus fornidos brazos a la altura del torso (inmovilizando mis brazos en los costados) y aplicó presión, tensando todo su cuerpo en un abrazo del oso.
Noté como mis costillas crujían bajo su fuerza y como el oxígeno escapaba de mis pulmones mientras ella continuaba aumentando la presión alrededor de su abrazo mortal. Nunca antes había sentido tanto dolor y terror. Me notaba indefenso en sus manos, incapaz de respirar, incapaz de defenderme. Grité y patalee con todas mis fuerzas mientras Verónica me miraba con una sonrisa cruel y depravada dibujada en su rostro.
-Desnúdate o acabo con él- agregó rabiosa mientras mis costillas continuaban crujiendo entre sus músculos.
Gloria miraba la escena sorprendida ante la demostración de fuerza, incapaz de reaccionar, contiuaba llorando en el suelo tras la humillación recibida. Verónica aumentó su presión y mis costillas volvieron a crujir mientras mi cara se volvía azul a causa de la falta de oxígeno. Noté como (al menos) una de mis costillas se rompía bajo la presión. Las vertebras de mi espalda empezaban también a crujir peligrosamente.
-No creo que duré más de 10 segundos, ese es el tiempo que tienes para desnudarte ante mi- agregó rabiosa mientras aumentaba la presión.
Miré a aquella mujer con los ojos llenos de lágrimas, notaba como mi vida se escapaba mientras aquellos brazos se cerraban milímetro a milímetro alrededor de mi cuerpo. Intenté transmitir perdón y sumisión con la mirada, le supliqué compasión pero parecía tener el efecto contrario. Sonrió cruelmente mientras me aplastaba contra su cuerpo, Verónica disfrutaba percibiendo mi miedo, aquello aumentaba su excitación.
Gloria se levantó entre sollozos. -Para, libéralo y me desnudo- agregó entre lágrimas. -No le hagas más daño-
Verónica me liberó, no sin aplicar antes una última compresión de sus músculos sobre mi castigado cuerpo, generando un tremendo dolor.
Gloria se desnudo completamente y Verónica disfrutó manoseando su cuerpo y chupando sus pechos. Mi novia estaba siendo violada frente a mis ojos y yo era incapaz de detener aquello. Me sentí mpotente e inútil y creo que Gloria tuvo la misma impresión de mi al percibir su mirada de súplica ante lo que le estaba sucediendo.
Mi novia grritaba mientras los dedos de Verónica se introducían en su órgano sexual, preparando el terreno ante lo que iba a venir. La estimulación fue perfecta y Gloria se corrió de placer en las manos de la agresiva lesbiana.
Me sorprendí al ver como Verónica se colocaba un dildo strap-on (polla de goma) enorme, mínimo 25 centímetros de duro plástico. Los ojos de Gloria se abrieron como platos pero no pudo hacer nada para evitar ser penetrada con fuerza.
Verónica clavó sus ojos en mi mientras perforaba agresivamente a mi novia y el terror inundó mi cuerpo al sentirme tan indefenso y débil.
Ante mi sorpresa, Gloria parecía disfrutar ya que sus orgasmos eran espectaculares y Verónica disfrutaba penetrándola de mil maneras distintas. La penetró por delante y por detrás, por arriba y por abajo durante muchísimo tiempo.
-¿Te gusta eh zorra?-
Verónica estaba hundiendo con fuerza su dildo entre las piernas de mi novia, mientras ella gritaba y se retorcía entre orgasmos de placer.
-Soy más grande que él, más fuerte que él, más poderosa que él, más bella que él y genero más placer que él... soy superior a él... ¿seguro que quieres quedarte con él?- preguntó Verónica a Gloria mientras los orgasmos se sucedían.
-¡Sigue sigue, no pares... ohhh!- los gritos de placer de mi novia retumbaban en mi cabeza.
Yo nunca había conseguido tal excitación. Gloria se retorcía de placer bajo la influencia de aquella mujer. Verónica me miraba profundamente mientas hundía aquel dildo y conseguía increíbles orgasmos.
-Seguro que nunca antes habías visto a Gloria disfrutar tanto- me dijo la muy zorra mientras continuaba follándose a mi novia.
Lentamente, la lesbiana retiró la polla del coño de mi novia y se incorporó. Gloria se quedó tirada en el suelo, con los ojos cerrados y disfrutando de contínuas olas de placer.
-Límpiame la polla- me ordenó con las manos en las caderas y las piernas ligeramente separadas en una postura de superioridad. Su piel brillaba a causa del sudor y sus músculos parecían mayores tras el esfuerzo realizado. Era una imagen intimidante y, asustado, gateé hasta ella y acaté sus órdenes, chupando y limpiando aquel pollón de plástico.
-Mira lo patético que es tu novio. No te merece-
Gloria abrió los ojos, todavía entre orgasmos, y miró la escena. Delante suyo estaba la mujer más increible que jamás había conocido y su novio, arrodillado frente a la musculada lesbiana limpiando su falo.
No pude soportar más la humillación y junté la valentía suficiente para encararme contra Verónica y darle su merecido. Me levanté con rapidez y me tiré sobre Verónica. Quería destrozarla.
En pocos segundos ya había perdido y la lesbiana estaba golpeando mi cuerpo con furia. Me lanzaba contra la pared y pateaba mi cuerpo. Me bajó los pantalones y arrancó mi ropa interior. Antes de poder evitarlo, estaba violándome con el el dildo de plástico ante los ojos de mi novia.
Lloré como un niño y supliqué que me dejara, pero sólo conseguía alimentar su excitación y agresividad. Noté como me agarraba la polla con una de sus manos y me pajeaba mientras me daba por culo. Al rato gemía de placer y me corría bajo su manipulación.
Se separó de mi y me aplastó contra el suelo, pisando mi cabeza con una de sus botas y mostrando orgullosa sus músculos.
Gloria se levantó y decidida se acercó a la lesbiana, acarició su cuerpo y besó su piel. -Me voy contigo- le dijo a la lesbiana antes de que las dos desaparecieran de mi vida.
FIN.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Evolución del matrimonio
1 - Golpeado
Recordaba los tiempos pasados, cuando le inculcó el boxeo, entonces ella era una mujer débil e inexperta, incapaz de defenderse físicamente. Empezaban a conocerse y en aquel entonces, él podía vencerla fácilmente, incluso tenía que ir con cuidado para no dañarla en exceso. Actualmente ella era una boxeadora de alto nivel y él se había convertido en su entrenador. David estaba impresionado con la evolución de su mujer, había aprendido rápidamente y ahora era él quien tenía que tener cuidado de no acabar "KO".
La crisis también los había golpeado y era complicado encontrar combates, las cosas se estaban volviendo complicadas, pero allí estaba, entrenando a su mujer y buscándole un buen combate con el que poder ganar mucho dinero. El boxeo estaba pasando malos momentos, pero había combates alternativos en los que se ganaba mucho dinero, aunque tal vez ella no estuviera preparada.
Los golpes se repetían. Lo estaba castigando, se encontraba acorralado en una esquina mientras ella lo golpeaba sin compasión, David intentaba proteger su cuerpo de los potentes puñetazos de su mujer, pero Clara siempre encontraba una zona desprotegida que golpear. Las series caían sobre él con rapidez y potencia. No vio venir el gancho, sólo notó como el mundo se evaporaba mientras caía inconsciente al suelo.
-Tendré que buscarme un hombre de verdad- bromeó ella cuando él recuperó el conocimiento, él continuaba tumbado y ella estaba sentada sobre el pecho de su marido. Él la miró con rabia, no le gustaban nada esos comentarios, él era un hombre de verdad, grande y fuerte, el problema era ella, era demasiada buena y pocos hombre podrían mantenerse en pié después de haber probado la lluvia de puñetazos que aquella mujer era capaz de realizar.
-He vuelto a vencer- expresó con júbilo mientras levantaba sus brazos en símbolo de victoria. David no pudo evitar mirar aquellos brazos, duros e hinchados tras un duro entreno. Realmente era una mujer fuerte, pero no había perdido su belleza femenina. Intentó apartar a Clara de encima, pero ella no se dejó, sino que apretó con mas fuerza sus piernas, aprisionando sus brazos en los costados, ahora David estaba inmovilizado bajo la boxeadora, no era capaz de liberarse.
-¡Suéltame Clara!- gritó él indignado. No le gustaba esa situación, últimamente su mujer disfrutaba humillándolo de esa manera. David tenía su propia teoría acerca del poder, no era cierto que los hombres fueran más agresivos que las mujeres, sino que, el ser más fuerte y poderoso es también más agresivo, y el sexo no tenía nada que ver, una mujer fuerte y poderosa es más agresiva que un hombre pequeño y débil, y allí estaba su mujer para afirmar su teoría, cada vez más fuerte y cada vez más agresiva.
-¿Y qué harás si no te suelto?- David luchó para liberar su cuerpo, pero no logró nada, ella continuaba sentada sobre su pecho y sus piernas lo abrazaban, inmovilizando sus brazos. Ella disfrutaba viendo los inútiles esfuerzos de David por liberarse, gozaba de su superioridad, se excitaba dominando al hombre. Su hombre.
-Voy a follarte- indicó decidida. David aceleró sus intentos de escapar, no le gustaba la mirada de su mujer. -Mmmm me encanta cuando te retuerces entre mis piernas- Él usó toda su fuerza pero fue inútil, sus brazos seguían prisioneros. -¿Quieres que te folle verdad?- preguntó Clara amenazadora. -¡Suéltame! - gritó entre dientes -yo no quiero y no puedes obligarme, así que suéltame o...- Ella lo miró profundamente -o ¿que?- respondió -¿qué crees que puedes hacerme? ¿no te queda claro quién está encima?- David apretó los dientes, no le gustaba sentirse dominado, volvió a luchar para liberarse mientras oía las carcajadas de su mujer. -Voy a follarte aquí y ahora y no podrás hacer nada para detenerme-.
2 - Violado
Clara desplazó sus manos lentamente por el cuerpo de su marido, David pataleó impotente mientras las manos de la boxeadora se dirigían entre sus piernas, David notaba la mirada de Clara clavarse en sus ojos, notó las caricias de su mujer, no pudo evitar jadear de placer cuando notó el contacto con su sexo. Impotente luchó por liberar los brazos mientras ella acariciaba su polla con experimentadas manos, a los pocos segundos él ya no luchaba y su polla se mostraba erguida y dura entre las manos de su mujer.
-¿Ves? puedo hacer contigo lo que quiera- indicó ella al notar la polla latir de excitación entre sus manos, tan dura, tan grande. Él jadeaba mientras ella lo pajeaba, la mirada de Clara se clavaba en los ojos de su marido mientras lo llevaba al orgasmo. Los jadeos aumentaron el ritmo y Clara se excitó al máximo cuando su marido se corrió. El semen salía disparado con fuerza. David cerró los ojos humillado mientras su mujer reía a carcajadas.
-Eres mio y puedo usarte cuando quieras ¿Entendido?- David continuaba experimentando olas de placer mientras Clara continuaba ordeñándolo.
-Entendido- respondió mientras se recuperaba. -Ya puedes soltarme, tú ganas- agregó impotente entre las piernas de su dominadora. Se sentía humillado y quería desaparacer.
-Yo decido cuando ha acabado, y todavía no he acabado contigo, quiero más- las manos seguían acariciando la polla de David y lo siguieron ordeñando hasta que volvió a estar dura.
Notó alivio cuando Clara se levantó de su cuerpo, sus brazos estaban libres aunque doloridos, intentó levantarse pero la excitada boxeadora lo evitó colocando un pié en el pecho de David y apetándolo contra el suelo.
-Quítame los boxers ahora- ordenó Clara a su perplejo marido, él se dejó llevar por su miedo y cumplió las órdenes de su mujer, ella se libró del top y entonces David pudo disfrutar de aquella visión, su mujer, totalmente desnuda, era una mujer excitante. Rápidamente ella se sentó de nuevo sobre su marido y lo apresó con fuerza de las muñecas.
Él notó impotente como su mujer lo volvía a inmovilizar, esta vez se había sentado sobre su barriga, había colocado los brazos sobre su cabeza y los agarraba firmemente de las muñecas, él intentó liberarse pero era inútil. Clara lo miraba desafiante mientras iba descendiendo lentamente el torso sobre su cara. Obligó a su marido a abrir la boca e introdujo un endurecido pezón entre sus labios. No necesitó ninguna orden de la boxeadora para lamer y chupar con experiencia el sabroso pezón de su mujer.
Ella disfrutaba entre jadeos de placer mientas obligaba a su hombre a chuparle los pechos, alternaba los movimientos y aplastaba su pecho contra la cara de su marido, ahogándolo entre sus tetas, no podía esperar más, su coño latía de excitación y quería cabalgar sobre la enorme y preciosa polla de su hombre, era su hombre y aquella era su polla.
Rápidamente movió sus caderas y hundió la polla profundamente entre sus piernas. Él no pudo hacer nada, estaba siendo violado por su mujer y no era la primera vez que ella lo usaba para su propio placer sexual, sus muñecas ardían de dolor mientras su excitada mujer las retorcía con fuerza y cabalgaba sobre él agresiva, aliviado notó como Clara liberaba sus muñecas y se apoyaba en su pecho mientras lo aplastaba con sus potentes movimientos sexuales.
David aprovechó su "libertad" para agarrar el culo de su mujer para dominarla y minimizar el dolor que los agresivos movimientos pélvicos le causaban, pero ella lo evitó y dirigió las manos de David a sus pechos, le ordenó que jugara con sus pezones mientras ella saltaba con furia sobre su polla, aplastaba sus huevos y gozaba de un inmenso placer.
-Ni se te ocurra correrte todavía- le indicó ella con una mirada depredadora mientras aumentaba el ritmo y la presión. David se notaba al límite, no podía aguantar más, pero se concentró para cumplir los deseos de Clara. Al poco rato los gritos de Clara desgarraron el ambiente, él se sumó soltando su carga y gritando de placer. Ambos se corrieron al unísono entre jadeos.
Los cuerpos se quedaron enlazados en el suelo, recuperándose lentamente del esfuerzo realizado. Clara besó a su marido y se levantó.
-Voy a la ducha, no tardes-
Él la miró inmóvil mientras ella desaparecía de su visión. Al poco rato, él la siguió, sabía lo que ella quería y lo mejor era cumplir sus deseos, así que se metió con Clara y le masajeó el cuerpo bajo el agua, ella disfrutó al notar las manos de su marido recorrer su piel, se excitó de nuevo.
David pasó el resto del tiempo en la ducha, arrodillado, con la cabeza entre las piernas de su mujer hundiendo su lengua en el ardiente sexo de Clara hasta que ella se sintió satisfecha.
Él se sentía humillado, utilizado y violado.
-Últimamente siempre hacemos lo que tú quieres Clara- Ella lo ignoró y continuó secándose la piel. -A mi también me gustaría que me chuparas la polla en el ducha y nunca te he obligado a ello ¿Quizá la próxima vez podrías...?-
Clara, sorprendida, se echó a reir. -Es sencillo- respondió -Sólo tienes que convencer a estos dos- y, flexionando los brazos, mostró orgullosa sus hinchados y potentes bíceps. -Mientras no los convenzas, seguiré haciendo contigo lo que quiera, me encanta usarte y sentirte indefenso entre mis piernas, seguirás chupándome el coño siempre que yo quiera. ¿entendido?-
David no podía creer lo que estaba ocurriendo. -¡Yo nunca te he obligado ni pegado ni violado!- siempre te he tratado con respeto y no permitiré que continúes mostrando tan poco respeto por mi-
-Yo no soy tú- respondió Clara -siempre he deseado ser fuerte y poderosa, someter al "hombre" bajo mi poder y... ahora que puedo hacerlo y que disfruto haciéndolo, no pienso dejarlo sólo porqué crees que no te lo mereces. Si quieres ser respetado lucha por ello.-
David sintió el impulso de liarse a puñetazos con su mujer pero sabía perfectamente que no tenía nada qué hacer. -¿Te gustaría follarme verdad?- agregó ella mientras su marido lo miraba con los ojos llenos de odio. -¿Apretarme contra la pared y penetrarme con tu polla?- Clara mostraba su cuerpo sexy, moviéndolo y acariciándolo con sus manos. -¿Dominarme como antaño?... pues sigue soñando hombrecito. Ya no dejaré que me toques. Ahora mando yo y yo decido qué quiero hacer contigo-.
La vida para David había cambiado para siempre.
Recordaba los tiempos pasados, cuando le inculcó el boxeo, entonces ella era una mujer débil e inexperta, incapaz de defenderse físicamente. Empezaban a conocerse y en aquel entonces, él podía vencerla fácilmente, incluso tenía que ir con cuidado para no dañarla en exceso. Actualmente ella era una boxeadora de alto nivel y él se había convertido en su entrenador. David estaba impresionado con la evolución de su mujer, había aprendido rápidamente y ahora era él quien tenía que tener cuidado de no acabar "KO".
La crisis también los había golpeado y era complicado encontrar combates, las cosas se estaban volviendo complicadas, pero allí estaba, entrenando a su mujer y buscándole un buen combate con el que poder ganar mucho dinero. El boxeo estaba pasando malos momentos, pero había combates alternativos en los que se ganaba mucho dinero, aunque tal vez ella no estuviera preparada.
Los golpes se repetían. Lo estaba castigando, se encontraba acorralado en una esquina mientras ella lo golpeaba sin compasión, David intentaba proteger su cuerpo de los potentes puñetazos de su mujer, pero Clara siempre encontraba una zona desprotegida que golpear. Las series caían sobre él con rapidez y potencia. No vio venir el gancho, sólo notó como el mundo se evaporaba mientras caía inconsciente al suelo.
-Tendré que buscarme un hombre de verdad- bromeó ella cuando él recuperó el conocimiento, él continuaba tumbado y ella estaba sentada sobre el pecho de su marido. Él la miró con rabia, no le gustaban nada esos comentarios, él era un hombre de verdad, grande y fuerte, el problema era ella, era demasiada buena y pocos hombre podrían mantenerse en pié después de haber probado la lluvia de puñetazos que aquella mujer era capaz de realizar.
-He vuelto a vencer- expresó con júbilo mientras levantaba sus brazos en símbolo de victoria. David no pudo evitar mirar aquellos brazos, duros e hinchados tras un duro entreno. Realmente era una mujer fuerte, pero no había perdido su belleza femenina. Intentó apartar a Clara de encima, pero ella no se dejó, sino que apretó con mas fuerza sus piernas, aprisionando sus brazos en los costados, ahora David estaba inmovilizado bajo la boxeadora, no era capaz de liberarse.
-¡Suéltame Clara!- gritó él indignado. No le gustaba esa situación, últimamente su mujer disfrutaba humillándolo de esa manera. David tenía su propia teoría acerca del poder, no era cierto que los hombres fueran más agresivos que las mujeres, sino que, el ser más fuerte y poderoso es también más agresivo, y el sexo no tenía nada que ver, una mujer fuerte y poderosa es más agresiva que un hombre pequeño y débil, y allí estaba su mujer para afirmar su teoría, cada vez más fuerte y cada vez más agresiva.
-¿Y qué harás si no te suelto?- David luchó para liberar su cuerpo, pero no logró nada, ella continuaba sentada sobre su pecho y sus piernas lo abrazaban, inmovilizando sus brazos. Ella disfrutaba viendo los inútiles esfuerzos de David por liberarse, gozaba de su superioridad, se excitaba dominando al hombre. Su hombre.
-Voy a follarte- indicó decidida. David aceleró sus intentos de escapar, no le gustaba la mirada de su mujer. -Mmmm me encanta cuando te retuerces entre mis piernas- Él usó toda su fuerza pero fue inútil, sus brazos seguían prisioneros. -¿Quieres que te folle verdad?- preguntó Clara amenazadora. -¡Suéltame! - gritó entre dientes -yo no quiero y no puedes obligarme, así que suéltame o...- Ella lo miró profundamente -o ¿que?- respondió -¿qué crees que puedes hacerme? ¿no te queda claro quién está encima?- David apretó los dientes, no le gustaba sentirse dominado, volvió a luchar para liberarse mientras oía las carcajadas de su mujer. -Voy a follarte aquí y ahora y no podrás hacer nada para detenerme-.
2 - Violado
Clara desplazó sus manos lentamente por el cuerpo de su marido, David pataleó impotente mientras las manos de la boxeadora se dirigían entre sus piernas, David notaba la mirada de Clara clavarse en sus ojos, notó las caricias de su mujer, no pudo evitar jadear de placer cuando notó el contacto con su sexo. Impotente luchó por liberar los brazos mientras ella acariciaba su polla con experimentadas manos, a los pocos segundos él ya no luchaba y su polla se mostraba erguida y dura entre las manos de su mujer.
-¿Ves? puedo hacer contigo lo que quiera- indicó ella al notar la polla latir de excitación entre sus manos, tan dura, tan grande. Él jadeaba mientras ella lo pajeaba, la mirada de Clara se clavaba en los ojos de su marido mientras lo llevaba al orgasmo. Los jadeos aumentaron el ritmo y Clara se excitó al máximo cuando su marido se corrió. El semen salía disparado con fuerza. David cerró los ojos humillado mientras su mujer reía a carcajadas.
-Eres mio y puedo usarte cuando quieras ¿Entendido?- David continuaba experimentando olas de placer mientras Clara continuaba ordeñándolo.
-Entendido- respondió mientras se recuperaba. -Ya puedes soltarme, tú ganas- agregó impotente entre las piernas de su dominadora. Se sentía humillado y quería desaparacer.
-Yo decido cuando ha acabado, y todavía no he acabado contigo, quiero más- las manos seguían acariciando la polla de David y lo siguieron ordeñando hasta que volvió a estar dura.
Notó alivio cuando Clara se levantó de su cuerpo, sus brazos estaban libres aunque doloridos, intentó levantarse pero la excitada boxeadora lo evitó colocando un pié en el pecho de David y apetándolo contra el suelo.
-Quítame los boxers ahora- ordenó Clara a su perplejo marido, él se dejó llevar por su miedo y cumplió las órdenes de su mujer, ella se libró del top y entonces David pudo disfrutar de aquella visión, su mujer, totalmente desnuda, era una mujer excitante. Rápidamente ella se sentó de nuevo sobre su marido y lo apresó con fuerza de las muñecas.
Él notó impotente como su mujer lo volvía a inmovilizar, esta vez se había sentado sobre su barriga, había colocado los brazos sobre su cabeza y los agarraba firmemente de las muñecas, él intentó liberarse pero era inútil. Clara lo miraba desafiante mientras iba descendiendo lentamente el torso sobre su cara. Obligó a su marido a abrir la boca e introdujo un endurecido pezón entre sus labios. No necesitó ninguna orden de la boxeadora para lamer y chupar con experiencia el sabroso pezón de su mujer.
Ella disfrutaba entre jadeos de placer mientas obligaba a su hombre a chuparle los pechos, alternaba los movimientos y aplastaba su pecho contra la cara de su marido, ahogándolo entre sus tetas, no podía esperar más, su coño latía de excitación y quería cabalgar sobre la enorme y preciosa polla de su hombre, era su hombre y aquella era su polla.
Rápidamente movió sus caderas y hundió la polla profundamente entre sus piernas. Él no pudo hacer nada, estaba siendo violado por su mujer y no era la primera vez que ella lo usaba para su propio placer sexual, sus muñecas ardían de dolor mientras su excitada mujer las retorcía con fuerza y cabalgaba sobre él agresiva, aliviado notó como Clara liberaba sus muñecas y se apoyaba en su pecho mientras lo aplastaba con sus potentes movimientos sexuales.
David aprovechó su "libertad" para agarrar el culo de su mujer para dominarla y minimizar el dolor que los agresivos movimientos pélvicos le causaban, pero ella lo evitó y dirigió las manos de David a sus pechos, le ordenó que jugara con sus pezones mientras ella saltaba con furia sobre su polla, aplastaba sus huevos y gozaba de un inmenso placer.
-Ni se te ocurra correrte todavía- le indicó ella con una mirada depredadora mientras aumentaba el ritmo y la presión. David se notaba al límite, no podía aguantar más, pero se concentró para cumplir los deseos de Clara. Al poco rato los gritos de Clara desgarraron el ambiente, él se sumó soltando su carga y gritando de placer. Ambos se corrieron al unísono entre jadeos.
Los cuerpos se quedaron enlazados en el suelo, recuperándose lentamente del esfuerzo realizado. Clara besó a su marido y se levantó.
-Voy a la ducha, no tardes-
Él la miró inmóvil mientras ella desaparecía de su visión. Al poco rato, él la siguió, sabía lo que ella quería y lo mejor era cumplir sus deseos, así que se metió con Clara y le masajeó el cuerpo bajo el agua, ella disfrutó al notar las manos de su marido recorrer su piel, se excitó de nuevo.
David pasó el resto del tiempo en la ducha, arrodillado, con la cabeza entre las piernas de su mujer hundiendo su lengua en el ardiente sexo de Clara hasta que ella se sintió satisfecha.
Él se sentía humillado, utilizado y violado.
-Últimamente siempre hacemos lo que tú quieres Clara- Ella lo ignoró y continuó secándose la piel. -A mi también me gustaría que me chuparas la polla en el ducha y nunca te he obligado a ello ¿Quizá la próxima vez podrías...?-
Clara, sorprendida, se echó a reir. -Es sencillo- respondió -Sólo tienes que convencer a estos dos- y, flexionando los brazos, mostró orgullosa sus hinchados y potentes bíceps. -Mientras no los convenzas, seguiré haciendo contigo lo que quiera, me encanta usarte y sentirte indefenso entre mis piernas, seguirás chupándome el coño siempre que yo quiera. ¿entendido?-
David no podía creer lo que estaba ocurriendo. -¡Yo nunca te he obligado ni pegado ni violado!- siempre te he tratado con respeto y no permitiré que continúes mostrando tan poco respeto por mi-
-Yo no soy tú- respondió Clara -siempre he deseado ser fuerte y poderosa, someter al "hombre" bajo mi poder y... ahora que puedo hacerlo y que disfruto haciéndolo, no pienso dejarlo sólo porqué crees que no te lo mereces. Si quieres ser respetado lucha por ello.-
David sintió el impulso de liarse a puñetazos con su mujer pero sabía perfectamente que no tenía nada qué hacer. -¿Te gustaría follarme verdad?- agregó ella mientras su marido lo miraba con los ojos llenos de odio. -¿Apretarme contra la pared y penetrarme con tu polla?- Clara mostraba su cuerpo sexy, moviéndolo y acariciándolo con sus manos. -¿Dominarme como antaño?... pues sigue soñando hombrecito. Ya no dejaré que me toques. Ahora mando yo y yo decido qué quiero hacer contigo-.
La vida para David había cambiado para siempre.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Carta de Socorro
Si alguien lee esta carta, que por favor me ayude. Mi nombre es David y tengo 33 años. Actualmente me encuentro prisionero y necesito ayuda para escapar y desaparecer. Si no lo consigo, me matará.
Me encuentro encerrado en el sótano de mi propia casa y mi mujer es mi carcelera, torturadora y futura asesina. Sí, ella me tiene totalmente dominado y no puedo escapar. Cada día es más grande, fuerte y violenta. Empezaré explicándolo todo por el principio.
Al casarnos todo fue bien, me sentía la pareja perfecta y todo funcionaba a la perfección, ni tan solo la diferencia en tamaño me molestaba. Quizá hace falta aclarar este punto, yo soy un hombre de constitución normal (tirando a delgado), mido 1.72 metros y la última vez que me pesé, la balanza marcó los 64 Kilos. Ella, en cambio, tiene un físico muy especial, mide 1,97 metros y, cuando la conocí, pesaba alrededor de 53 Kilos. A mi me gustan las mujeres altas, así que no me sentía acomplejado por ello.
Con el tiempo, ella se acomplejó, se sentía larga en vez de alta. Me decía una y otra vez que era demasiado delgada y eso la llevó a obsesionarse con la idea de fortalecerse. Yo no opuse resistencia, no vi ningún problema en dejarla realizar sus deseos, estaba muy delgada. Ella pasaba todas las tardes en el gimnasio, fortaleciendo su cuerpo y aumentando su peso. Yo gozaba con su cuerpo, ya no me clavaba sus huesos.
Al poco tiempo empecé a notar los cambios, no los físicos, que hacía tiempo que se notaban, sino los psíquicos que eran mucho más preocupantes. El primero fue un pequeño cambio en los hábitos sexuales. Empezó colocándose arriba, no era extraño que estuviera arriba y me montara, lo extraño es que ya no quería practicar otra postura. No me quejé mucho, ya que me gustaba esa situación y mis manos podían jugar con sus pechos mientras ella saltaba sobre mi polla.
Luego, otro cambio, una pequeña variación de la postura, ahora cogía mis muñecas con sus manos y las colocaba sobre mi cabeza, dominándome, inmovilizando mis brazos y, si podía, también rodeaba mi cuerpo con sus piernas. Al poco tiempo la posición era más agobiante y yo ya no podía disfrutar. Cada día ella era más fuerte y lo hacía más agresiva. Le gustaba la sensación de poder y se excitaba mucho aplastando mi cuerpo contra el suyo, demostrando su fuerza, ahora ella pesaba más que yo y era doloroso sentirse aplastado bajo su peso.
Pasaron los días y en la cama yo ya no era más que un objeto que ella usaba para darse placer, inmovilizaba mi ser bajo el suyo, sus piernas rodeaban mi cuerpo, cerrando también mis brazos en mis costados mientras con sus brazos rodeaba mi cabeza, hundiéndola entre sus enormes pechos y así me follaba cada vez que quería, yo me sentía engullido por ese cuerpo de gimnasio, que me inmovilizaba y agobiaba. Muchas veces perdía el conocimiento al no poder encontrar oxígeno entre sus pechos. Sus movimientos eran agresivos y dolorosos, apretaba mi cuerpo contra el suyo, cada vez más fuerte, cada vez más duro y ardiente. No paraba hasta quedar satisfecha.
El siguiente paso fue impedirme la libertad, demostrándome su fuerza. Yo ya no era feliz con esas sesiones de sexo, pero de momento era lo único que me molestaba, el resto de la convivencia seguía como siempre, pero eso también iba a cambiar. Amplió su dominio al resto de facetas de nuestra vida. Un día me impidió salir para ver el fútbol, argumentando que tenía tareas de casa por hacer. Ese fue el primer día de mi total humillación. No pude reprimir mi enfado al verla cohibir mi libertad, discutimos como nunca antes. Los gritos fueron en aumento y finalmente llegamos a las manos.
Me impresionó su superioridad física, sabía que se había convertido en una mujer fuerte, pero nunca pensé que su superioridad fuese tan abrumadora. Le dije que si yo quería salir, podía salir, y que ella no era nadie para impedirlo. Ella contestó que ella tenía el poder para hacer conmigo lo que quisiera, y que si me atrevía a llevarle la contraria me haría llorar. Sus palabras me impresionaron, más bien, el tono con el que las pronunció. De todas maneras me dirigí a la puerta con la intención de salir.
Mis pies se separaron del suelo antes de llegar a la puerta, había rodeado mi cintura con sus brazos y me había levantado con facilidad, agarrándome con sus potentes extremidades, luego me lanzó con fuerza contra el otro extremo del recibidor, mi cuerpo voló antes de estrellarse dolorosamente contra la pared. Antes de poder reaccionar, mi torso volvía a estar en sus manos mientras mis piernas pataleaban en el aire, zarandeó mi cuerpo con rabia antes de lanzarme en otra dirección. Volví a estrellarme y antes de poder luchar, sus manos volvieron a cerrarse en mi camisa, la arrancó de un tirón a la vez que me tiraba al suelo.
Aprovechó mi posición fetal para patear mi cuerpo con potentísimas patadas que me hacían rodar por la sala, yo era incapaz de evitarlo, mis extremidades se retorcían bajo su fuerza, incapaces de protegerme de sus golpes. Cogió mis piernas de los tobillos y las levantó, separándolas a su vez, una oleada de terror invadió mi cuerpo cuando nuestras miradas se cruzaron, pude ver el deseo ardiente en sus ojos, la excitación que le provocaba la situación, se percibía claramente en su expresión. Levantó la pierna derecha con lentitud mientras una sonrisa perversa se dibujaba en sus labios, adiviné sus crueles intenciones demasiado tarde.
Su pié se hundió rápidamente entre mis piernas, aplastando mis pelotas bajo sus pisotones, aplastó varias veces mi sexo, pisoteándolo agresivamente, mis manos protegían esa parte de mi cuerpo pero no era capaz de soportar tanta presión. Grité de dolor mientras me retorcía intentando protegerme del castigo. Ella estiró de mis pantalones, arrancándolos junto a los zapatos.
Se rió cruelmente ante su demostración de poder. Yo me retorcía de dolor en el suelo, protegido sólo por mi ropa interior, ella se reía a carcajadas mientras me miraba altiva con posición desafiante, sus piernas ligeramente abiertas y sus manos en la cintura. Me agarró del pelo y me arrastró por el suelo hasta colocarme junto a una de las paredes, yo gritaba y pedía clemencia sin recibir respuesta.
Su mano se cerró firmemente alrededor de mi cuello y demostrando una increíble fuerza me separó de nuevo del suelo, esta vez sólo con un brazo. Mis manos se agarraron instintivamente a la muñeca de mi agresora, intentando inútilmente abrir esa mano que me impedía respirar, mientras mis pies se alejaban cada vez más del suelo: Consiguió finalmente estirar completamente su brazo, haciendo que mi cabeza golpeara el techo. Con la otra mano me acabó de desnudar, entonces notó que me había orinado encima a causa del terror, eso la hizo reír de satisfacción, pude notar como sus pezones se endurecían marcándose en su camiseta.
-¡Llora!- me ordenó mientras aumentaba la presión de su mano alrededor de mi cuello. Yo seguía luchando por abrir esa mano y aliviar mi situación, entonces, con la otra mano me cogió de las pelotas y empezó a apretar sin compasión. Mis gritos de dolor se mezclaban con su repetitiva orden, empezó a apretar con sus dedos, aplastando mis huevos en su potente mano. El dolor era demasiado, insoportable, mis gritos se convirtieron en sollozos y los sollozos en un lloriqueo incontenible. No lloraba porque ella lo hubiera ordenado sino porqué no podía soportar el dolor y la humillación en la que me sentía expuesto. Mi dolor, frustración y humillación aumentaron al oírla reírse a carcajadas, mi dolor y terror contrastaban con su satisfacción y excitación.
Caí al suelo como un saco de patas cuando ella abrió su mano y liberó mi cuerpo de la agonía. Sus carcajadas seguían retumbando en mi cabeza mientras increíbles calambres de dolor recorrían mi cuerpo, me sentía dolorido, pero lo peor era la humillación a la que había sido sometido por mi mujer. Arrollado por su clara superioridad física, aplastado por su fuerza, humillado totalmente. Ese fue el primer día de mi "integración", así lo llamaba ella. Decía que ella había cambiado y que ahora yo tenía que integrarme y reciclarme para adaptarme a sus nuevos deseos y necesidades. Aseguraba que ahora ella tenía el poder y que yo debía realizar sus deseos.
Me obligó a besar sus pies y masajear sus piernas, luego se sentó sobre mi pecho y me abofeteó mientras me insultaba hasta que me hizo llorar de nuevo, pude comprobar como mi humillación y dolor la excitaban, sus pezones se endurecían a la vez que mis ojos se humedecían. Me obligó a usar mi boca para sacarle los pantalones cortos que llevaba. Luego se sentó sobre mi cara y tuve que chuparle el coño durante horas. Su sexo también era grande, como todo en ella y sus labios envolvían mi cara, hundiéndome en su vagina. Yo volvía a estar inmovilizado entre sus musculados muslos, sus piernas se apretaban con fuerza contra mi cabeza, capturando mis brazos también, mientras su rasurado y hambriento coño se restregaba agresivamente contra mi cara. Ella gozaba y se corría una y otra vez, obligándome a tragar sus jugos. Perdí el conocimiento aplastado entre sus piernas mientras sus orgasmos descendían por mi garganta.
Desperté tirado en el suelo, en el mismo punto en el que me había desmayado, me levanté con lentitud, ya que mi cuerpo me dolía por todos lados. Mi ropa estaba tirada por distintos puntos de la sala, la recogí con la intención de vestirme -No- ordenó una voz autoritaria. Al girarme pude ver a Gloria, allí estaba mi mujer, con unas mancuernas en las manos y una fina capa de sudor sobre su piel. -Ante mi presencia siempre irás desnudo- agregó con un tono agresivo mientras se acercaba a mi.
Sus músculos tensos e hinchados junto con la capa de sudor que cubría su piel me indicaban que llevaba un buen rato realizando ejercicio, no sabía cuanto tiempo llevaba inconsciente pero debía ser un buen rato. Se detuvo al llegar frente a mi y flexionó sus brazos delante de mis impresionados ojos. Sus brazos crecieron y se endurecieron, unos poderosos músculos se abrieron paso apretándose contra su piel y marcando sus venas. -Bésalos- me ordenó lasciva mientras su mirada se clavaba en mi ser. Entonces pude ver claramente su fuerza y entender lo lejos que estaba de ese físico, era realmente fuerte.
Su brazo quedaba a la altura de mi frente, calzaba zapatos de tacón y eso la hacía todavía más alta e imponente, sus tetas se balanceaban frente a mi cara y sus pezones se marcaban duros contra su camiseta mientras me mostraba orgullosa sus increíbles músculos, hinchados a base de duro trabajo. No estaba extremadamente musculada, pero al ser tan alta y grande, sus músculos eran proporcionalmente grandes y fuertes, y su cuerpo estaba tonificado y macizo. El reciente trabajo con las mancuernas había acentuado su tono.
Besé sin rechistar, lentamente y con deseo. Mis labios recorrieron cada milímetro de su bíceps hasta besarlo completamente. Satisfecha me mostró el otro bíceps y también lo besé mientras ella sonreía entre divertida y satisfecha. Finalmente me obligó a secar su sudor con mi lengua, tuve que recorrer todo su cuerpo tragando su sudor. Acabé el día, casi como todos, durmiendo con ella en la cama. Sólo que ahora lo tenía que hacer completamente desnudo y colocado entre sus piernas mientras lamía y chupaba sus agujeros.
Ese sólo fué el primer día de mi tortura y ya han pasado semanas desde ese momento. Hoy en día todo es peor y me ha convertido en un objeto que puede usar para lo que quiera. Tengo que pedir permiso para realizar cualquier acción (incluso para ir al lavabo).
El sexo es lo peor, ya que, para evitar la flaccidez me obliga a tomar Viagra para así, poder trotar sobre mi cruelmente durante horas mientras aplasta mi cuerpo contra sus desarrollados músculos, y, cuando se ha cansado de exprimirme, se sienta sobre mi cara y me obliga a tragarme mi propio semen mezclado con sus jugos mientras ella continúa corriéndose de placer. Nunca acabo consciente y al despertar mi cuerpo duele.
Hoy soy su consolador, ya que me usa para darse placer. Soy su papel de water, ya que debo limpiarla con mi lengua siempre que finaliza. Soy su cocinero, ya que debo tener siempre preparada su comida. Soy su perro, ya que me hace comer, sin manos, en un bol, situado en una esquina.
En definitiva, soy su esclavo y según sus propias palabras, mi finalidad en la vida es servirla y ser feliz por poder tener el honor de besar sus pies y lamer su ano. Hoy en día, ella pesa 98 Kilos de pura fuerza (38 Kilos más que yo) y ya no puedo soportar su agresividad. Cada vez es más violenta y más fuerte. Sólo se excita cuando me aplasta bajo su superioridad física y cada vez tiene que ser más agresiva para excitarse. En la última sesión de sexo me dislocó la mandíbula y los hombros a la vez que me rompió 3 costillas. Perdí el conocimiento ahogado entre sus músculos, todo ello lo hizo al apretarme fuerte contra su cuerpo de hierro como consecuencia de sus alucinantes orgasmos.
No aguantaré otra sesión de sexo. Me matará mientras se corre de placer, por favor. Si estás leyendo esto... AYÚDAME.
Me encuentro encerrado en el sótano de mi propia casa y mi mujer es mi carcelera, torturadora y futura asesina. Sí, ella me tiene totalmente dominado y no puedo escapar. Cada día es más grande, fuerte y violenta. Empezaré explicándolo todo por el principio.
Al casarnos todo fue bien, me sentía la pareja perfecta y todo funcionaba a la perfección, ni tan solo la diferencia en tamaño me molestaba. Quizá hace falta aclarar este punto, yo soy un hombre de constitución normal (tirando a delgado), mido 1.72 metros y la última vez que me pesé, la balanza marcó los 64 Kilos. Ella, en cambio, tiene un físico muy especial, mide 1,97 metros y, cuando la conocí, pesaba alrededor de 53 Kilos. A mi me gustan las mujeres altas, así que no me sentía acomplejado por ello.
Con el tiempo, ella se acomplejó, se sentía larga en vez de alta. Me decía una y otra vez que era demasiado delgada y eso la llevó a obsesionarse con la idea de fortalecerse. Yo no opuse resistencia, no vi ningún problema en dejarla realizar sus deseos, estaba muy delgada. Ella pasaba todas las tardes en el gimnasio, fortaleciendo su cuerpo y aumentando su peso. Yo gozaba con su cuerpo, ya no me clavaba sus huesos.
Al poco tiempo empecé a notar los cambios, no los físicos, que hacía tiempo que se notaban, sino los psíquicos que eran mucho más preocupantes. El primero fue un pequeño cambio en los hábitos sexuales. Empezó colocándose arriba, no era extraño que estuviera arriba y me montara, lo extraño es que ya no quería practicar otra postura. No me quejé mucho, ya que me gustaba esa situación y mis manos podían jugar con sus pechos mientras ella saltaba sobre mi polla.
Luego, otro cambio, una pequeña variación de la postura, ahora cogía mis muñecas con sus manos y las colocaba sobre mi cabeza, dominándome, inmovilizando mis brazos y, si podía, también rodeaba mi cuerpo con sus piernas. Al poco tiempo la posición era más agobiante y yo ya no podía disfrutar. Cada día ella era más fuerte y lo hacía más agresiva. Le gustaba la sensación de poder y se excitaba mucho aplastando mi cuerpo contra el suyo, demostrando su fuerza, ahora ella pesaba más que yo y era doloroso sentirse aplastado bajo su peso.
Pasaron los días y en la cama yo ya no era más que un objeto que ella usaba para darse placer, inmovilizaba mi ser bajo el suyo, sus piernas rodeaban mi cuerpo, cerrando también mis brazos en mis costados mientras con sus brazos rodeaba mi cabeza, hundiéndola entre sus enormes pechos y así me follaba cada vez que quería, yo me sentía engullido por ese cuerpo de gimnasio, que me inmovilizaba y agobiaba. Muchas veces perdía el conocimiento al no poder encontrar oxígeno entre sus pechos. Sus movimientos eran agresivos y dolorosos, apretaba mi cuerpo contra el suyo, cada vez más fuerte, cada vez más duro y ardiente. No paraba hasta quedar satisfecha.
El siguiente paso fue impedirme la libertad, demostrándome su fuerza. Yo ya no era feliz con esas sesiones de sexo, pero de momento era lo único que me molestaba, el resto de la convivencia seguía como siempre, pero eso también iba a cambiar. Amplió su dominio al resto de facetas de nuestra vida. Un día me impidió salir para ver el fútbol, argumentando que tenía tareas de casa por hacer. Ese fue el primer día de mi total humillación. No pude reprimir mi enfado al verla cohibir mi libertad, discutimos como nunca antes. Los gritos fueron en aumento y finalmente llegamos a las manos.
Me impresionó su superioridad física, sabía que se había convertido en una mujer fuerte, pero nunca pensé que su superioridad fuese tan abrumadora. Le dije que si yo quería salir, podía salir, y que ella no era nadie para impedirlo. Ella contestó que ella tenía el poder para hacer conmigo lo que quisiera, y que si me atrevía a llevarle la contraria me haría llorar. Sus palabras me impresionaron, más bien, el tono con el que las pronunció. De todas maneras me dirigí a la puerta con la intención de salir.
Mis pies se separaron del suelo antes de llegar a la puerta, había rodeado mi cintura con sus brazos y me había levantado con facilidad, agarrándome con sus potentes extremidades, luego me lanzó con fuerza contra el otro extremo del recibidor, mi cuerpo voló antes de estrellarse dolorosamente contra la pared. Antes de poder reaccionar, mi torso volvía a estar en sus manos mientras mis piernas pataleaban en el aire, zarandeó mi cuerpo con rabia antes de lanzarme en otra dirección. Volví a estrellarme y antes de poder luchar, sus manos volvieron a cerrarse en mi camisa, la arrancó de un tirón a la vez que me tiraba al suelo.
Aprovechó mi posición fetal para patear mi cuerpo con potentísimas patadas que me hacían rodar por la sala, yo era incapaz de evitarlo, mis extremidades se retorcían bajo su fuerza, incapaces de protegerme de sus golpes. Cogió mis piernas de los tobillos y las levantó, separándolas a su vez, una oleada de terror invadió mi cuerpo cuando nuestras miradas se cruzaron, pude ver el deseo ardiente en sus ojos, la excitación que le provocaba la situación, se percibía claramente en su expresión. Levantó la pierna derecha con lentitud mientras una sonrisa perversa se dibujaba en sus labios, adiviné sus crueles intenciones demasiado tarde.
Su pié se hundió rápidamente entre mis piernas, aplastando mis pelotas bajo sus pisotones, aplastó varias veces mi sexo, pisoteándolo agresivamente, mis manos protegían esa parte de mi cuerpo pero no era capaz de soportar tanta presión. Grité de dolor mientras me retorcía intentando protegerme del castigo. Ella estiró de mis pantalones, arrancándolos junto a los zapatos.
Se rió cruelmente ante su demostración de poder. Yo me retorcía de dolor en el suelo, protegido sólo por mi ropa interior, ella se reía a carcajadas mientras me miraba altiva con posición desafiante, sus piernas ligeramente abiertas y sus manos en la cintura. Me agarró del pelo y me arrastró por el suelo hasta colocarme junto a una de las paredes, yo gritaba y pedía clemencia sin recibir respuesta.
Su mano se cerró firmemente alrededor de mi cuello y demostrando una increíble fuerza me separó de nuevo del suelo, esta vez sólo con un brazo. Mis manos se agarraron instintivamente a la muñeca de mi agresora, intentando inútilmente abrir esa mano que me impedía respirar, mientras mis pies se alejaban cada vez más del suelo: Consiguió finalmente estirar completamente su brazo, haciendo que mi cabeza golpeara el techo. Con la otra mano me acabó de desnudar, entonces notó que me había orinado encima a causa del terror, eso la hizo reír de satisfacción, pude notar como sus pezones se endurecían marcándose en su camiseta.
-¡Llora!- me ordenó mientras aumentaba la presión de su mano alrededor de mi cuello. Yo seguía luchando por abrir esa mano y aliviar mi situación, entonces, con la otra mano me cogió de las pelotas y empezó a apretar sin compasión. Mis gritos de dolor se mezclaban con su repetitiva orden, empezó a apretar con sus dedos, aplastando mis huevos en su potente mano. El dolor era demasiado, insoportable, mis gritos se convirtieron en sollozos y los sollozos en un lloriqueo incontenible. No lloraba porque ella lo hubiera ordenado sino porqué no podía soportar el dolor y la humillación en la que me sentía expuesto. Mi dolor, frustración y humillación aumentaron al oírla reírse a carcajadas, mi dolor y terror contrastaban con su satisfacción y excitación.
Caí al suelo como un saco de patas cuando ella abrió su mano y liberó mi cuerpo de la agonía. Sus carcajadas seguían retumbando en mi cabeza mientras increíbles calambres de dolor recorrían mi cuerpo, me sentía dolorido, pero lo peor era la humillación a la que había sido sometido por mi mujer. Arrollado por su clara superioridad física, aplastado por su fuerza, humillado totalmente. Ese fue el primer día de mi "integración", así lo llamaba ella. Decía que ella había cambiado y que ahora yo tenía que integrarme y reciclarme para adaptarme a sus nuevos deseos y necesidades. Aseguraba que ahora ella tenía el poder y que yo debía realizar sus deseos.
Me obligó a besar sus pies y masajear sus piernas, luego se sentó sobre mi pecho y me abofeteó mientras me insultaba hasta que me hizo llorar de nuevo, pude comprobar como mi humillación y dolor la excitaban, sus pezones se endurecían a la vez que mis ojos se humedecían. Me obligó a usar mi boca para sacarle los pantalones cortos que llevaba. Luego se sentó sobre mi cara y tuve que chuparle el coño durante horas. Su sexo también era grande, como todo en ella y sus labios envolvían mi cara, hundiéndome en su vagina. Yo volvía a estar inmovilizado entre sus musculados muslos, sus piernas se apretaban con fuerza contra mi cabeza, capturando mis brazos también, mientras su rasurado y hambriento coño se restregaba agresivamente contra mi cara. Ella gozaba y se corría una y otra vez, obligándome a tragar sus jugos. Perdí el conocimiento aplastado entre sus piernas mientras sus orgasmos descendían por mi garganta.
Desperté tirado en el suelo, en el mismo punto en el que me había desmayado, me levanté con lentitud, ya que mi cuerpo me dolía por todos lados. Mi ropa estaba tirada por distintos puntos de la sala, la recogí con la intención de vestirme -No- ordenó una voz autoritaria. Al girarme pude ver a Gloria, allí estaba mi mujer, con unas mancuernas en las manos y una fina capa de sudor sobre su piel. -Ante mi presencia siempre irás desnudo- agregó con un tono agresivo mientras se acercaba a mi.
Sus músculos tensos e hinchados junto con la capa de sudor que cubría su piel me indicaban que llevaba un buen rato realizando ejercicio, no sabía cuanto tiempo llevaba inconsciente pero debía ser un buen rato. Se detuvo al llegar frente a mi y flexionó sus brazos delante de mis impresionados ojos. Sus brazos crecieron y se endurecieron, unos poderosos músculos se abrieron paso apretándose contra su piel y marcando sus venas. -Bésalos- me ordenó lasciva mientras su mirada se clavaba en mi ser. Entonces pude ver claramente su fuerza y entender lo lejos que estaba de ese físico, era realmente fuerte.
Su brazo quedaba a la altura de mi frente, calzaba zapatos de tacón y eso la hacía todavía más alta e imponente, sus tetas se balanceaban frente a mi cara y sus pezones se marcaban duros contra su camiseta mientras me mostraba orgullosa sus increíbles músculos, hinchados a base de duro trabajo. No estaba extremadamente musculada, pero al ser tan alta y grande, sus músculos eran proporcionalmente grandes y fuertes, y su cuerpo estaba tonificado y macizo. El reciente trabajo con las mancuernas había acentuado su tono.
Besé sin rechistar, lentamente y con deseo. Mis labios recorrieron cada milímetro de su bíceps hasta besarlo completamente. Satisfecha me mostró el otro bíceps y también lo besé mientras ella sonreía entre divertida y satisfecha. Finalmente me obligó a secar su sudor con mi lengua, tuve que recorrer todo su cuerpo tragando su sudor. Acabé el día, casi como todos, durmiendo con ella en la cama. Sólo que ahora lo tenía que hacer completamente desnudo y colocado entre sus piernas mientras lamía y chupaba sus agujeros.
Ese sólo fué el primer día de mi tortura y ya han pasado semanas desde ese momento. Hoy en día todo es peor y me ha convertido en un objeto que puede usar para lo que quiera. Tengo que pedir permiso para realizar cualquier acción (incluso para ir al lavabo).
El sexo es lo peor, ya que, para evitar la flaccidez me obliga a tomar Viagra para así, poder trotar sobre mi cruelmente durante horas mientras aplasta mi cuerpo contra sus desarrollados músculos, y, cuando se ha cansado de exprimirme, se sienta sobre mi cara y me obliga a tragarme mi propio semen mezclado con sus jugos mientras ella continúa corriéndose de placer. Nunca acabo consciente y al despertar mi cuerpo duele.
Hoy soy su consolador, ya que me usa para darse placer. Soy su papel de water, ya que debo limpiarla con mi lengua siempre que finaliza. Soy su cocinero, ya que debo tener siempre preparada su comida. Soy su perro, ya que me hace comer, sin manos, en un bol, situado en una esquina.
En definitiva, soy su esclavo y según sus propias palabras, mi finalidad en la vida es servirla y ser feliz por poder tener el honor de besar sus pies y lamer su ano. Hoy en día, ella pesa 98 Kilos de pura fuerza (38 Kilos más que yo) y ya no puedo soportar su agresividad. Cada vez es más violenta y más fuerte. Sólo se excita cuando me aplasta bajo su superioridad física y cada vez tiene que ser más agresiva para excitarse. En la última sesión de sexo me dislocó la mandíbula y los hombros a la vez que me rompió 3 costillas. Perdí el conocimiento ahogado entre sus músculos, todo ello lo hizo al apretarme fuerte contra su cuerpo de hierro como consecuencia de sus alucinantes orgasmos.
No aguantaré otra sesión de sexo. Me matará mientras se corre de placer, por favor. Si estás leyendo esto... AYÚDAME.
viernes, 23 de enero de 2009
4 días
Día 1
Adrián está haciendo el amor con una chica, gozando y gimiendo, disfrutando del dulce tacto de su piel mientras introduce una y otra vez su gran verga por el suave culo de Gloria.
Ella gime de placer y grita de dolor al sentirse perforada una y otra vez por la verga grande y dura de Adrián. Sus cuerpos se funden en un orgasmo de placer mientras sus gritos desgarran el silencio de la habitación.
La dulce leche de Adrián rellena el culo de Gloria hasta rebosar, luego, Adrián retira su húmeda polla del negro agujero y la introduce en la jugosa boca de Gloria, obligándola a chupar y limpiar todos los fluidos que resbalan por su piel.
Al finalizar, Adrián le indica a Gloria que deberá marcharse ya que es tarde y su mujer no debe encontrarlos en dicha situación, ella acepta la orden suspirando y se viste mientras Adrián la observa desde la cama.
-¿Vamos a estar siempre a escondidas? - Pregunta ella mientras se ajusta la falda. - Ya sabes que tú eres mi chica, se lo diré cuando llegue el momento. - Responde Adrián mientras enciende un cigarro. -¿Cuándo llegará ese momento?- pregunta ella.
Adrián indica a Gloria que se acerce lo suficiente como para poder tocarle el culo. - Tú eres mi culito preferido- Responde él mientras da un cachete en el dolorido culo de Gloria. -¡Ahora vete antes de que nos encuentre! mañana nos vemos a la misma hora-
Las dudas revolotean en la cabecita de Gloria mientras sale de casa de Adrián, ¿dice la verdad, o sólo quiere sexo de mi? ¿Me está usando? Las preguntas cada vez tienen menos respuestas, sólo sabe que le duele el culo, Adrián siempre le da por culo.
Cuando Ana llega se encuentra a Adrián sentado en el sofá, mirando la tele y bebiendo una cerveza. -¡Hola amor!- dice ella mientras deshace la bolsa del gimnasio. -¿Cómo ha ido el día?- pregunta ella -Como todos- responde él sin dejar de mirar la tele.
Tras guardar y tender las cosas, Ana se dirige hacia el sofá, dónde Adrián sigue inmóvil. -Hoy me he depilado entera- le dice mientras se sienta a su lado. -He pensado que tal vez.. ya sabes... podríamos hacer cosas de mayores- dice ella mientras acaricia la pierna de Adrián. -No me apetece ¿sabes?- responde Adrián de mala gana mientras retira la mano de Ana del contacto con su pierna.
Dolida y rechazada, Ana se levanta enfadada y se dirige a ningún sitio. -¿Sabes? te pasas todo el día en casa tocándote los huevos, tal vez podrías, a veces, planchar, fregar o hacer algo-. Grita Ana indignada. -No estoy de humor, he estado todo el día buscando trabajo y no he encontrado nada.- responde él mientras se enciende un cigarro.
-Cuando te conocí eras un chico simpático, agradable y guapo que se preocupaba por las cosas, tenías un buen trabajo y un buen cuerpo de gimnasio, ahora no tienes nada de eso, dejaste el trabajo, el gimnasio y ya no haces nada aparte de quedarte tirado en el sofá día tras día bebiendo y fumando mientras yo trabajo fuera y dentro de casa, mantengo mi cuerpo en forma para tí y te pago los vicios.
-¿Que mantienes el cuerpo?- responde Adrián enfadado, vas todos los días al puto gimnasio, yo me casé con una mujer alta, guapa, esbelta y suave. Ahora lo único que queda de eso es la altura, y te pasas todo el día por ahí dejándome sólo en casa.
-Mejor dejemos la discusión- dice Ana -Voy al gimnasio a diario porqué así lo querías tú, sólo que al principio íbamos juntos y ahora ya hace años que no vas. A veces pienso que sólo me querías por mi dinero- tras decir esto Ana rompe a llorar y Adrián se levanta y acerca a ella para calmarla y abrazarla.
-Lo siento vida, pero estoy muy estresado ya que no tengo trabajo y me siento deprimido, no quería decir lo que te he dicho, me gustas mucho.- Adrián limpió las lágrimas de su mujer y besó su hombro desnudo, luego volvió al sofá a ver la tele.
Pobre Adrián pensó Ana en la cocina, mientras preparaba la cena, no encuentra trabajo, está deprimido y además tiene que aguantar mis dudas e insultos, y yo en vez de ayudarlo lo presiono pidiendo sexo y asignándole tareas. Que afortunada me siento por tenerle junto a mi.
Una vez en la cama, Ana masajeó la espalda de Adrián y lo mimó para relajarlo, después de un dulce beso se durmió.
Día 2
Adrián gozaba, su palpitante polla se introducía por el prieto culo de Gloria separando sus carnes y arrancando gritos de dolor y placer, Gloria era una chica pequeña, sexy y manejable, Adrián adoraba la sensación de control que tenía con ella, la tenía apretada contra la pared, inmovilizada en un poderoso abrazo mientras perforaba con su miembro las entrañas de la joven. Adrián amaba correrse en su culo una y otra vez hasta empaparla con su semen, gozaba introduciendo su miembro húmedo y salpicado de fluidos en la boca de la joven y la cogía del pelo para controlarla y evitar que ella dejase de chupar. Hacía todo aquello que no podía hacer con su mujer.
-¿Se lo dirás hoy?- preguntó la chica mientras se vestía. -Ya te he dicho que se lo diré cuando sea el momento- contestó de mala manera Adrián. -Ahora vete-.
Gloria se sentía humillada y sucia, ese hombre la estaba usando para realizar sus fantasías, le dolía el culo, hoy más de lo normal. Adrián se levantó de la cama y fué al lavabo. Gloria, harta de esperar decidió forzar la situación, si Adrián no se lo decía a su mujer, ella lo haría por él.
Aprovechando su soledad en la habitación, Gloria dejó sus bragas manchadas de semen en un cajón de la mesita de noche, una mesita de noche perteneciente a la mujer de Adrián. -Llámame mañana- dijo antes de irse.
Ana llegó a la misma hora de todos los días, con la bolsa del gimnasio y las zapatillas deportivas. Adrián miraba la tele sentado en el sofá. Ella se sentó junto a él y le besó la oreja mientras la mano iba subiendo por el muslo. -No, no no- dijo Adrián apartándose de ella. -No puedo vida- respondió con expresión agobiada. -Ya sabes que el estrés no me deja-.
Ana lo miró con tristeza mientras le acariciaba el pelo, -no pasa nada le dijo ella, todo pasará. Me voy a poner cómoda- tras esto se levantó y se dirigió a la habitación.
Adrián no pudo reprimir una sonrisa malévola, vivía en casa de una mujer que se lo permitía todo, que se lo hacía todo y que lo dejaba sólo la gran parte del tiempo y tenía otra mujer a la que podía follar siempre que quisiera y que le dejaba hacer todo lo que no podía o quería hacer con la suya. Adrián era feliz.
Una exclamación de horror sacó a Adrián de sus pensamientos, Ana lo maldecía a gritos desde la habitación. Cauto y sigiloso, Adrián se acercó lentamente a la habitación matrimonial en la que hacía pocas horas había gozado follándose a su amante. Al mirar al interior de la habitación, Adrián vió a su mujer, medio desnuda con unas bragas en la mano, la expresión de Ana hizo que Adrián sintiera fuertes escalofríos y la visión de las bragas de Gloria en la mano de Ana volcó su corazón y el tiempo se detuvo mientras la mirada de la mujer ardía de odio.
-Hijo de la grandísima puta!- exclamó llena de rabia. -Ahora lo entiendo todo, claro que estás cansado. Te estás follando a otra- Adrián estaba congelado, no esperaba que los acontecimientos tomaran esa dirección, no tenía coartada ni excusas que pudiera usar.
Presa de un ataque de ira, Ana acometió a golpes contra todo el mobiliario de la habitación. De una patada reventó la puerta de un armario, un puñetazo hizo saltar la pintura de la pared, las lámparas se hicieron pedazos al estrellarse lanzadas con furia contra la puerta.
Adrián miraba perplejo, nunca había visto a su mujer en tal estado de ira, no había percibido la fuerza física de Ana hasta ese momento. Adrián sentía miedo, mucho miedo y el pánico lo tenía congelado. ¿Cómo arreglar la situación? ¿Podía ser arreglada? Las carcajadas hicieron volver a Adrián a la realidad, Ana reía presa de un ataque de histeria.
-Todo este tiempo haciéndote de esclava, fregando, lavando, trabajando y pagándote los vicios mientras tú vivías como un rey y te follabas a cualquiera- La expresión de Ana se volvió más seria -¿y lo soluciono destrozando la habitación que yo he pagado?- Unos pasos acercaron al matrimonio.
-Lo lógico sería separarnos, echarte ahora mismo de mi casa y olvidarte, pero no lo voy a hacer.- Las manos de Ana cogieron con fuerza el pelo de Adrián y tiró su cabeza para atrás. -Yo he sido tu esclava durante mucho tiempo y ahora tú serás mi esclavo- Una diabólica sonrisa apareció en la cara de Ana mientras hundía la cabeza de Adrián entre sus pechos. -Juro que te arrepentirás toda tu vida-
Esa noche Adrián se la pasó entre las piernas de su esposa, prisionero de unos muslos de hierro, obligado a chupar y lamer el húmedo coño, sólo descansaba cuando Ana se dormía extasiada tras correrse una y otra vez en la boca de su hombre. La noche fué un sueño para Ana y una oscura y tenebrosa pesadilla para Adrián.
Día 3
Adrián despertó indefenso e inmóvil, prisionero entre las piernas de su mujer. Ella despertó momentos después y Adrián se sintió aliviado al notar que las piernas de Ana se abrían y lo liberaban de la presión.
-Prepárame el desayuno- ordenó Ana tras patear el cuerpo de Adrián y lanzarlo al suelo. Adrián empezó a vestirse, ya que Ana lo había obligado a dormir desnudo entre sus piernas. -Desnudo- gritó Ana -¿Acaso he dicho que te puedes vestir?- preguntó Ana irónicamente. -Esto es una locura gritó Adrián, ya he entendido la lección ¿sabes? esto de hacerme ir desnudo por la casa es humillante, siento haberte engañado, pero sólo ha sido una vez-
Ana se levantó de la cama y se situó justo enfrente de Adrián, colocándolo entre ella y la pared. -¿Quieres discutir con ellos?- preguntó Ana mientras flexionaba sus fuertes y torneados bíceps frente a la mirada de Adrián. - Pero esto no tiene sentido y...- La frase acabó tras recibir un puñetazo que hizo tambalear a Adrián. -¿Más?- preguntó con superioridad Ana. -Yo sólo digo que...- Otro potente puñetazo lanzó a Adrián contra la pared. -¿Seguimos?- Ana frotaba sus pechos contra el cuerpo de Adrián. -Yo podría estar todo el día golpeándote, es más, me excita y me gustaría destrozarte aquí y ahora. ¿Quieres seguir dándome razones para ello?-
Estaba temblando y arrugado como un niño, no entendía como no se había planteado esa situación, él daba por echo que era más fuerte que ella, pero hacía mucho tiempo que no se fijaba bien en su mujer y en lo que el gimnasio había echo de ella, él en cambio había ido al revés, cada vez más descuidado y más débil, ahora estaba claramente dominado por ella, la que lo tenía apretado entre sus pechos, pero tenía que hacer algo. No podía dejarse intimidar así.
Un fuerte empujón consiguió liberarlo de la presión y tras un grito de rabia se lanzó contra Ana para luchar por su libertad pero no pudo lanzar ni un golpe, un potente rodillazo en los huevos lo tumbó en el suelo y allí fué pateado con furia por su mujer.
Tras recuperarse y preparar el desayuno, volvió a la habitación en la que Ana esperaba desnuda y tirada en la cama, ella indicó a Adrián que debería comerle el coño mientras ella desayunaba en la cama, sin poder evitarlo Adrián se quejó y se negó, pero tras ser abofeteado y humillado de nuevo, se encontró hundiendo su cara entre las piernas de la mujer y chupando con deseo febril las rosadas y húmedas paredes de la vagina de Ana. Los gritos de placer de se mezclaban con la angustia que sentía Adrián cuando se sentía ahogado y aplastado contra la parte más caliente y húmeda de Ana.
Ana gozó y Adrián lo notaba en su cara, empapada de fluidos y corridas de su mujer. -Ahora a la ducha- indicó Ana -quiero que me laves bien todo el cuerpo- Tras observar la cara de terror de Adrián agregó sonriendo -con la lengua- .
Adrián lloró en la ducha, dominado y humillado por su mujer tuvo que limpiar todos los agujeros de Ana con la boca. Después la vistió y le masajeó brazos y piernas, ya no hablaba, cada vez que había hablado era golpeado por su mujer, ahora ya no, ahora era sumiso.
Ana se fué a trabajar dejando a Adrián en casa, desnudo y atado para que no escapara. Él intentó desatarse sin éxito y sólo pudo ver como el tiempo pasaba lentamente mientras esperaba el regreso de su mujer.
Ella llegó antes de tiempo y una expresión de alegría y excitación asomó en su cara cuando vió a su esclavo tirado en el suelo, desnudo y atado. -He comprado algo- dijo Ana tras cerrar la puerta, -creo que te gustará- agregó mientras sacaba de una caja una enorme polla de goma -es para tí- dijo mientras la dejaba sobre la mesa -toda para tí- agregó entre risas. -También he comprado unos zapatos de tacón alto, de esos que tenía prohibido comprar por tu estúpido complejo de enano-.
Ana desató a su esclavo y le ordenó desnudarla, luego se calzó sus zapatos nuevos y agarró la enorme goma de polla que había comprado mientras se dirigía al asustado Adrián.
-Abre la boca- ordenó ella mientras sostenía el dildo frente la cara de su esclavo. Adrián lloró y gimió perdón, intentando ablandar el corazón de su mujer y consiguiendo así la libertad, firmaría el divorcio, no pediría nada y desaparecería de su vida. Una lluvia de golpes cayó sobre el cuerpo de Adrián, Ana lo golpeaba con la polla de goma, usándola como si de una porra se tratara.
-Juguete malo- le decía mientras lo golpeaba brutalmente con la poya de plástico. -Abre la boca- repitió Ana mientras golpeaba el cuerpo desnudo del hombre. Finalmente accedió, abrió la boca y dejó que su mujer introdujese una y otra vez el enorme dildo en su boca.
-No te puedes imaginar lo mucho que me gusta- ella gemía de placer mientras introducía la falsa polla en la boca de Adrián. -Me encanta usarte, no imaginaba que dominarte me pusiera tan cachonda.- Adrián retenía las arcadas, el duro miembro de goma le rascaba la garganta mientras oía los gemidos de placer de Ana, le costaba respirar. Tras varios minutos de angustia para Adrián y de placer para Ana, la polla de goma fué retirada con suavidad de la dolorida boca de Adrián.
Ella ordenó a su esclavo que se apoyara en la pared y se plantó frente a él, los zapatos de tacón aumentaban considerablemente la diferencia física entre la pareja de casados, ella apoyo los brazos en la pared, rodeando la cabeza de Adrián y le ordenó que masajeara, chupara y besara sus pechos, hombros y cada uno de los músculos existentes a su alcance. Ana frotaba su duro cuerpo contra el de Adrián y lanzaba gemidos de placer mientras gozaba y se corría de placer. Para Adrián, el tiempo que pasó rodeado por los múslos de su mujer, se hizo interminable.
-Prepara la cena- mandó Ana al magullado Adrián mientras se dirigía al sofá y encendía la tele. -Quiero ensalada de arroz-.
Sin rechistar se metió en la cocina, preparó la olla, el agua y empezó a hervir el arroz. Ana descansó viendo la tele mientras indicaba a Adrián todo aquello que deseaba. Cuando la cena estuvo lista y la mesa puesta, ella se sentó en su sitio, e indicó a Adrián que dejase su plato a sus pies. Así lo hizo Adrián, quién sabía que cualquier sonido o queja provocaría el enfurecimiento de Ana y su correspondiente paliza. -Deberás cenar directamente en el suelo como un perro-
Adrián llevaba todo el día sin comer, le daba igual comer en el suelo, en la mesa o en la calle así que hundió la cara en el plato y empezó a comer como un cerdo. Ana gozaba con el espectáculo, estaba descubriendo emociones, sentimientos y sensaciones que hasta el momento no había experimentado, le encanta dominar, humillar, golpear y usar a Adrián. Su vida ha cambiado totalmente.
Al finalizar la cena, ella volvió al sofá y ordenó a su marido que realizara las tareas propias y así lo realizó Adrián, quién realizó todas las tareas que ella, desde el sofá, le asignaba. Cuando acabó las tareas de la casa, Ana le ordenó que le masajeara los pies, la espalda y las piernas, así estuvieron horas, ella mirando la tele y él masajeando y mimando su cuerpo.
-Cuando nos casamos te convertiste en mi marido, y juraste respetarme y honrarme hasta que la muerte nos separe- Adrián escuchaba atento las palabras de su mujer mientras sus manos masajeaban los poderosos hombros de su mujer. -¿No es así?- preguntó ella -S..si- respondió Adrián.
-Eso significa que eres mi posesión y harás lo que te ordene lo que te queda de vida ¿entiendes? lo juraste-. Adrián temblaba al escuchar a su mujer, agresiva y lasciva. Para él el juramento no tenía importancia, era un puro trámite necesario al casarse. -No tendrás el divorcio porqué eso sería romper el juramento y perderte como marido, y no pienso fallar a mi palabra, a partir de ahora actuarás tal y como me juraste y tendré tu vida en mis manos, juraste ser mi marido, lo que te convierte en mi posesión, juraste honrarme y respetarme, que para mi, significa hacerme caso y jamás llevarme la contraria. Juraste estar junto a mi hasta que la muerte nos separe, que para mi, significa que podré usarte hasta que me canse de tí, y cuando eso ocurra podré matarte ya que tu vida me pertenece.-
Adrián no daba crédito a lo que oía, Ana había convertido el juramento en una cárcel para él, según las palabras de Ana, él había jurado ser su posesión, cumplir todos sus deseos y jamás abandonarla, y lo peor, ella tenía su vida en sus manos.
-Pero también juraste fidelidad- agregó secamente Ana -y esa parte del juramento no la cumpliste, en cambio yo cumplí mi palabra y mi juramento- Adrián temblaba al escuchar la voz de su mujer -creo que mereces un castigo por ello- agregó Ana con una diabólica sonrisa. -Pero ya estoy pagando por ello- indicó rápidamente Adrián -Llevo dos días con el castigo por haber sido infiel-
Ana se levantó sin decir palabra, con los tacones, Adrián tenía que levantar la mirada, él no le llegaba a los hombros. -No has entendido nada muñeco, esto no es un castigo, cómo te he dicho ésta será tu vida a partir de ahora, lo juraste-
El pánico atravesó el cuerpo de Adrián como un rayo, creía que ya estaba siendo castigado y que tras algunas humillaciones todo volvería a la normalidad, pero Ana acababa de dejarle claro que no, ahora los roles serían distintos y él, según la asimilación del juramento por parte de Ana, tenía que, básicamente, convertirse en su esclavo.
-La infidelidad merece un castigo ejemplar- siseó ella entre dientes -nunca lo olvidarás- agregó con una voz suave y, antes de que Adrián pudiera darse cuenta, Ana estrelló su rodilla entre sus piernas, generando un gran dolor en él, con el antebrazo derecho, Ana inmovilizó a Adrián por el cuello, aplastándolo contra la pared mientras que con la pierna izquierda iba lanzando temibles rodillazos entre las piernas de su hombre. Adrián se protegió el miembro con sus manos instintivamente. -Los brazos en la espalda- indicó Ana, Adrián llorando y sollozando pedía perdón y clemencia, parecía un niño asustado intentando evitar el castigo de sus padres.
-Pon los brazos en la espalda o te romperé las manos- indicó ella con furia pero Adrián seguía sollozando y llorando, intentando liberar su cuerpo de la agonía, cubriendo su miembro con las manos para protegerlo de los golpes. Ana volvió a golpear, pero esta vez mucho más fuerte, mucho más rápido, mucho más agresivo. Su rodilla hacía crujir los huesos de las manos de Adrián y el antebrazo le presionaba con tanta fuerza que no podía respirar, su cuello estaba siendo aplastado por el firme brazo de su mujer, los rodillazos eran tan potentes que levantaban del suelo el cuerpo de Adrián, notaba como sus manos eran aplastadas y destrozadas por los golpes de su mujer, sus huesos se retorcían, crujían y rompían y, finalmente sus manos no servían para nada, los rodillazos habían destrozado las defensas y se estrellaban en sus pelotas, él quería chillar pero no podía, quería luchar pero no podía, quería escapar pero no podía.
La sangre empezó a brotar por las heridas abiertas existentes entre las piernas de Adrián, ella continuaba golpeando con fuerza, siempre entre las piernas, castigando la parte más sensible de su ser, destrozando sus genitales. Gozaba y gemía de placer. Nunca se había sentido tan bien, cada golpe la excitaba más, cada lágrima de Adrián la empujaba al clímax, cada crujir de huesos le humedecía el coño, la visión de la sangre la acercó al orgasmo, su poder la excitaba como nunca, él era su posesión hasta la muerte. Siguió golpeando lo que se había convertido en una especie de saco deforme y reventado del que brotaba sangre, llegó al orgasmo cuando la sangre empezó a brotar por el glande y se volvió a correr al ver los testículos colgar destrozados fuera de la bolsa escrotal. Adrián hacía rato que estaba inconsciente y ella había perdido el control, su excitación la había llevado demasiado lejos, pensó que lo había matado.
Ana soltó a su marido después de obtener el mayor orgasmo de su vida, él cayó como un saco de patatas sobre su propia sangre, que continuaba brotando de su ser. Ana le tomó el pulso y se alegró al notar el latir del corazón, ahora que había encontrado tanto placer no podía perderlo, tenía que seguir gozando de él.
Se fijó en su pequeño hombre, tenía la cara azul a causa de la falta de oxígeno, ella no se había dado cuenta de que lo hubiera ahogado tanto, una de sus manos estaba al revés, con los dedos doblados de un modo bizarro y casi no se podía identificar la palma del dorso, estaba destrozada, la otra parecía mejor, sólo algunos dedos indicaban mal estado pero, lo peor estaba entre sus piernas. Debía controlarse, no podía dejarse llevar por la excitación y el placer, casi lo había matado.
Aprovechó el estado de inconsciencia en el que se encontraba su hombre, y con hilo y aguja, cosió las heridas más profundas existentes entre las piernas de Adrián, volviendo a colocar lo que quedaba de los hinchados testículos de Adrián en la bolsa escrotal. Al finalizar observó su trabajo, había contenido las hemorragias y había dado forma de nuevo a los genitales masculinos, aunque no podía hacer nada frente las hinchazones y desgarros, ahora no moriría, aún no. Cogió sus destrozadas manos y retorció los huesos para colocarlos de nuevo en su posición natural, al menos así los huesos se soldarían correctamente y podría volver a usar la mano para realizar lo que ella le mandase en el futuro.
Luego lo arrastró cogiéndolo del pelo hasta la bañera y allí lo dejó, con el agua de la ducha cayendo sobre su magullado cuerpo, limpiando la sangre y despertándolo poco a poco. Ella aprovechó para limpiarse su pierna manchada de sangre, había coágulos de sangre y trozos del cuerpo de Adrián pegados a su piel, los limpió cuidadosamente mientras recordaba el inmenso placer que había experimentado mientras llevaba a su hombre hacia la muerte, esa sensación de poder y de fuerza incontenible, la superioridad física frente a Adrián la había hecho llegar dónde nunca había llegado, sólo con recordar la experiencia se excitaba, deseaba continuar pero Adrián necesitaba reposo, así que, tras comprobar que él estaba limpio y ella también, lo abofeteó para despertarlo.
Al recuperar la conciencia Adrián notó un increíble escozor entre sus piernas e instintivamente se llevó las manos a la entrepierna, las cuales se quejaron crujiendo con un profundo dolor, se retorcía gritando con todo lo que sentía. Miró sus manos, hinchadas y fracturadas y sus genitales, hinchados, amoratados, llenos de cicatrices y cosidos con hilo de color rosa. -¡Cállate!- le ordenó Ana pero Adrián no podía evitar gritar por sus sensaciones. -Cállate o te doy otra paliza- repitió Ana en tono amenazante y Adrián calló, miraba a la mujer con miedo en los ojos y con expresión de terror mientras las lágrimas se deslizaban sin remedio por la cara. Ana se excitó al notar su poder frente al hombre, no sintió pena ni lástima por su marido, más bien ganas de volver a golpearlo, violarlo, humillarlo y destrozarlo pero tuvo que reprimir sus deseos, sabía que Adrián no aguantaría vivo otra paliza.
-Acompáñame al dormitorio- dijo mientras abandonaba el cuarto de baño, Adrián no lo dudo e intentó incorporarse pero era tal el daño causado y el dolor que sentía que no era capaz de andar, salió de la bañera arrastrándose con los codos, ya que las manos tampoco las podía usar, si le hubiese hecho caso y hubiera dejado las manos en la espalda no estaría tan mal, pensó Adrián. -¿Vienes o tengo que traerte a patadas?- preguntó Ana desde el dormitorio, a Adrián se le aceleró el pulso y el miedo inundó su cuerpo al imaginarse pateado de nuevo por su mujer. Se arrastró rápidamente por el suelo, ignorando el dolor hasta llegar al dormitorio matrimonial.
Ana se encontraba tumbada en la cama boca arriba, totalmente desnuda y con las piernas abiertas y los brazos apoyados tras su cabeza. Adrián consiguió, tras mucho esfuerzo, subir a la cama y allí se quedó tirado relajándose y acomodándose al lado de Ana. -¿Qué haces?- preguntó Ana irritada -ese no es tu sitio-. Él no lo podía creer, estaba medio muerto y tenía que contenerse para no gritar de dolor y, aún y así, ella no lo dejaba en paz. -Por.. favor... ca...cariño no puedo...- respondió él llorando. -Tu sitio en la cama está entre mis piernas- respondió Ana -dándome placer con tu boca ya que no me lo das con tu polla. ¿O tal vez deseas que haga con tu boca lo que he hecho con tu polla?- La mirada de Ana era fría y escondía un gran deseo.
Adrián tembló de miedo y se acurrucó entre las piernas de su mujer y se vio a él mismo muy pequeño e indefenso, Ana lanzó un jadeo de placer cuando notó la húmeda lengua de su juguete introducirse en su ser, aseguró la cabeza de Adrián fuertemente usando sus piernas como presa, hundiéndolo dentro de ella, devorándolo con increíble deseo. Así pasaron varias horas en las que Ana se corrió innumerables veces en la boca de Adrián y finalmente satisfecha y extasiada se durmió manteniendo la boca de Adrián pegada a su ahora insaciable coño.
Día 4
Ana se despertó la primera, hoy era festivo y pensaba disfrutar de la compañía de su marido, tenía grandes planes para él, miró entre sus piernas y allí encontró la cara de Adrián durmiendo profundamente entre sus piernas, ella estaba cachonda, la situación la excitaba mucho, tener el control, la fuerza y el respeto que ahora su marido tenía por ella. Lo despertó aplastando su cabeza contra su sexo, abrió las piernas todo lo que pudo cuando se percató que Adrián ya estaba despierto, dejando su vagina abierta a escasos centímetros de su cara. -Venga nene- dijo entre risas -Ya sabes lo que toca- dijo mientras entrelazaba los dedos de las manos en su nuca y se preparaba para un buen despertar.
Adrián, sumiso, lamió, chupó, tragó, penetró, acarició, besó hasta que ella llegó al clímax y se corrió en su boca. Lo obligó a tragárselo todo, él tenía que evitar excitarse, ya que el estado de sus genitales le generaba gran dolor con tan solo rozarlos.
Una vez satisfecha pateó a Adrián fuera de la cama, lanzándolo con violencia al suelo. -Prepárame el desayuno- ordenó desde la cama. Él intentó andar pero no pudo, el dolor provocado por sus pelotas al balancearse entre sus piernas le impedía caminar.
-No puedo- respondió entre gemidos y lloriqueos. -¿Sabes una cosa?- respondió Ana -He descubierto el máximo placer al golpearte, me encantaría llevarte hasta la muerte, arrancarte los ojos, la lengua, pulverizar tus huesos entre mis piernas, destrozar tus articulaciones hasta convertirte en un saco de sangre y huesos. Hoy he soñado que introducía tu cabeza en mi coño y que la hacía explotar entre increíbles orgasmos. Cada vez que te pego me corro, cada vez que te humillo me excito. Lo que más placer me da es cuando no quieres obedecer porqué entonces puedo realizar mis deseos ¿Seguro que quieres darme razones para realizar mis deseos? porque no creo que hoy sobrevivas a ello-
Ignorando el dolor y conteniendo sus lágrimas, Adrián se metió en la cocina y realizó el desayuno para su mujer mientras pensaba lo mucho que había cambiado su vida, hacía sólo 4 días, su mujer le temía y se mostraba tierna y dulce ante sus caprichos, todavía recuerda el masaje que recibió en la cama por la misma persona que lo había magullado y levado casi a la muerte. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas ¿cómo había podido ocurrir algo así? Tenía que tomar el control de la situación, volver a dominar la relación y devolverle a su mujer todo el dolor que él sentía, así que, cogió un cuchillo con la mano que podía usar, respiró hondo y esperó a tener el valor suficiente para atacar a Ana.
-¡Hija de puta!- gritó mientras corría con el cuchillo levantado sobre su cabeza en dirección a la alcoba, Ana seguía estirada en la cama, desnuda y sorprendida ante el ataque de Adrián. La estocada fué precisa y potente, demasiado potente para que la destrozada mano de Adrián pudiera sostener el arma, el cuchillo se le escurrió de las manos y el agresor acabó cortándose con su propia arma mientras Ana, todavía inmóvil en la cama y perpleja veía como su inútil marido se autolesionaba al intentar acuchillarla sin éxito.
El cuchillo le resbaló de la mano y lo único que consiguió Adrián fué golpear tímidamente la barriga de su mujer, la rabia lo cegó tanto que lanzó un fuerte puñetazo con la otra mano, sin recordar el mal estado de la misma, la cual se estrelló dolorosamente en las costillas de su objetivo causándole un tremendo dolor, sus huesos crujieron y los ojos de Adrián se abrieron tanto que podrían haber salido de sus órbitas. Ana, no podía creer lo que acababa de ocurrir, su marido se arrastraba por el suelo gimiendo de dolor y con las manos destrozadas, el muy inútil había intentado matarla.
-Nunca deberías haberlo intentado- escupió Ana mientras la rabia invadía su ser. -Voy a hacerte sufrir como nunca nadie te ha hecho sufrir- agregó mientras Adrián suplicaba clemencia y perdón acurrucado en el suelo, llorando y gimoteando como un niño.
Ana pateó el cuerpo de Adrián hasta que le dolieron los pies, luego, cojió las manos de Adrián y con ayuda de un abrenueces empezó a romper todos los huesos de todos los dedos de Adrián, retorció sus muñecas hasta que las sacó de sitio, dislocó sus hombros y usando sus uñas, arrancó la piel de los codos hasta dejar los huesos a la vista, desgarrando los músculos, tendones y venas que encontró a su paso. Adrián chillaba de dolor, la sangre le nublaba la visión pero el dolor era increíble, sus brazos estaban destrozados y ella continuaba arañando su piel y golpeando su cuerpo con una fuerza desproporcionada. Continuó retorciendo sus brazos, los huesos crujían y los brazos se deformaban adoptando posturas imposibles mientras Adrián gritaba indefenso y al borde del desmayo. Una vez acabó de destrozar los brazos de Adrián, Ana continuó con sus piernas, primero clavó sus uñas alrededor de las rodillas de él, hundiendo sus dedos bajo las articulaciones y desgarrando cualquier tejido, moviendo la rótula de sitio, en definitiva, destrozando las piernas mientras Adrián gritaba ciego de dolor, retorció sus tobillos, rodillas y muslos, desgarró tejidos e hizo crujir los huesos de las piernas de Adrián al retorcerlas sin compasión.
-Cuando dejes de gritar pararé- le indicó Ana a Adrián mientras arrancaba los músculos del muslo y desgarraba tejidos con sus uñas. Adrián no podía dejar de gritar, era imposible no gritar mientras te arrancaban la piel y los músculos, era imposible detenerla. "Eres mio hasta que la muerte nos separe" recordaba Adrián mientras su mujer lo despedazaba literalmente. Cuando acabó con las piernas continuó arañando con fuerza su barriga, abriendo profundas y sangrantes heridas por todo su cuerpo. Ana no soportaba más los gritos de Adrián, así que usó sus poderosas uñas para desgarrar el cuello y abrirle la tráquea, pudiendo así arrancar sus cuerdas vocales y conseguir el silencio. Luego observó su obra.
Adrián, o lo que quedaba de él, estaba tirado boca arriba en el suelo, sus brazos y piernas se habían convertido en sacos de piel deformes llenos de increibles heridas que sangraban sin parar, uno de sus pies estaba separado de su cuerpo, arrancado sin compasión, su abdomen estaba abierto en canal y podían verse y tocarse los órganos internos, el aire silvaba por la herida que tenía en el cuello y su mirada era la del animal que sabe que va a morir mientras pide clemencia a su depredador. Esa mirada de miedo mezclada con respeto hizo que Ana se corriera una y otra vez. Se había vuelto a descontrolar y esta vez no había solución, Adrián no podría sobrevivir a los daños causados pero a ella le daba igual, sentía tanto placer que no lo podía dejar así que continuó con su agradable tortura. Aplastó la cabeza bajo potentes pisotones y no paró hasta que la cara de Adrián quedó irreconocible, sin dientes, con la mandíbula fracturada y dislocada, la nariz aplastada y los ojos hundidos en dos charcos de sangre. Se corrió de nuevo al notar que Adrián seguía consciente y al imaginar el dolor y tremendo miedo que debería estar pasando.
-Te voy a liberar del matrimonio- dijo Ana mientras introducía sus manos en el abdomen de Adrián y desgarraba, aplastaba, arañaba, cortaba y arrancaba los órganos internos de Adrián, él seguía vivo cuando su mujer encontró su corazón y lo apretó con fuerza hasta hacerlo explotar mientras sentía el mayor orgasmo de su vida.
FIN
Adrián está haciendo el amor con una chica, gozando y gimiendo, disfrutando del dulce tacto de su piel mientras introduce una y otra vez su gran verga por el suave culo de Gloria.
Ella gime de placer y grita de dolor al sentirse perforada una y otra vez por la verga grande y dura de Adrián. Sus cuerpos se funden en un orgasmo de placer mientras sus gritos desgarran el silencio de la habitación.
La dulce leche de Adrián rellena el culo de Gloria hasta rebosar, luego, Adrián retira su húmeda polla del negro agujero y la introduce en la jugosa boca de Gloria, obligándola a chupar y limpiar todos los fluidos que resbalan por su piel.
Al finalizar, Adrián le indica a Gloria que deberá marcharse ya que es tarde y su mujer no debe encontrarlos en dicha situación, ella acepta la orden suspirando y se viste mientras Adrián la observa desde la cama.
-¿Vamos a estar siempre a escondidas? - Pregunta ella mientras se ajusta la falda. - Ya sabes que tú eres mi chica, se lo diré cuando llegue el momento. - Responde Adrián mientras enciende un cigarro. -¿Cuándo llegará ese momento?- pregunta ella.
Adrián indica a Gloria que se acerce lo suficiente como para poder tocarle el culo. - Tú eres mi culito preferido- Responde él mientras da un cachete en el dolorido culo de Gloria. -¡Ahora vete antes de que nos encuentre! mañana nos vemos a la misma hora-
Las dudas revolotean en la cabecita de Gloria mientras sale de casa de Adrián, ¿dice la verdad, o sólo quiere sexo de mi? ¿Me está usando? Las preguntas cada vez tienen menos respuestas, sólo sabe que le duele el culo, Adrián siempre le da por culo.
Cuando Ana llega se encuentra a Adrián sentado en el sofá, mirando la tele y bebiendo una cerveza. -¡Hola amor!- dice ella mientras deshace la bolsa del gimnasio. -¿Cómo ha ido el día?- pregunta ella -Como todos- responde él sin dejar de mirar la tele.
Tras guardar y tender las cosas, Ana se dirige hacia el sofá, dónde Adrián sigue inmóvil. -Hoy me he depilado entera- le dice mientras se sienta a su lado. -He pensado que tal vez.. ya sabes... podríamos hacer cosas de mayores- dice ella mientras acaricia la pierna de Adrián. -No me apetece ¿sabes?- responde Adrián de mala gana mientras retira la mano de Ana del contacto con su pierna.
Dolida y rechazada, Ana se levanta enfadada y se dirige a ningún sitio. -¿Sabes? te pasas todo el día en casa tocándote los huevos, tal vez podrías, a veces, planchar, fregar o hacer algo-. Grita Ana indignada. -No estoy de humor, he estado todo el día buscando trabajo y no he encontrado nada.- responde él mientras se enciende un cigarro.
-Cuando te conocí eras un chico simpático, agradable y guapo que se preocupaba por las cosas, tenías un buen trabajo y un buen cuerpo de gimnasio, ahora no tienes nada de eso, dejaste el trabajo, el gimnasio y ya no haces nada aparte de quedarte tirado en el sofá día tras día bebiendo y fumando mientras yo trabajo fuera y dentro de casa, mantengo mi cuerpo en forma para tí y te pago los vicios.
-¿Que mantienes el cuerpo?- responde Adrián enfadado, vas todos los días al puto gimnasio, yo me casé con una mujer alta, guapa, esbelta y suave. Ahora lo único que queda de eso es la altura, y te pasas todo el día por ahí dejándome sólo en casa.
-Mejor dejemos la discusión- dice Ana -Voy al gimnasio a diario porqué así lo querías tú, sólo que al principio íbamos juntos y ahora ya hace años que no vas. A veces pienso que sólo me querías por mi dinero- tras decir esto Ana rompe a llorar y Adrián se levanta y acerca a ella para calmarla y abrazarla.
-Lo siento vida, pero estoy muy estresado ya que no tengo trabajo y me siento deprimido, no quería decir lo que te he dicho, me gustas mucho.- Adrián limpió las lágrimas de su mujer y besó su hombro desnudo, luego volvió al sofá a ver la tele.
Pobre Adrián pensó Ana en la cocina, mientras preparaba la cena, no encuentra trabajo, está deprimido y además tiene que aguantar mis dudas e insultos, y yo en vez de ayudarlo lo presiono pidiendo sexo y asignándole tareas. Que afortunada me siento por tenerle junto a mi.
Una vez en la cama, Ana masajeó la espalda de Adrián y lo mimó para relajarlo, después de un dulce beso se durmió.
Día 2
Adrián gozaba, su palpitante polla se introducía por el prieto culo de Gloria separando sus carnes y arrancando gritos de dolor y placer, Gloria era una chica pequeña, sexy y manejable, Adrián adoraba la sensación de control que tenía con ella, la tenía apretada contra la pared, inmovilizada en un poderoso abrazo mientras perforaba con su miembro las entrañas de la joven. Adrián amaba correrse en su culo una y otra vez hasta empaparla con su semen, gozaba introduciendo su miembro húmedo y salpicado de fluidos en la boca de la joven y la cogía del pelo para controlarla y evitar que ella dejase de chupar. Hacía todo aquello que no podía hacer con su mujer.
-¿Se lo dirás hoy?- preguntó la chica mientras se vestía. -Ya te he dicho que se lo diré cuando sea el momento- contestó de mala manera Adrián. -Ahora vete-.
Gloria se sentía humillada y sucia, ese hombre la estaba usando para realizar sus fantasías, le dolía el culo, hoy más de lo normal. Adrián se levantó de la cama y fué al lavabo. Gloria, harta de esperar decidió forzar la situación, si Adrián no se lo decía a su mujer, ella lo haría por él.
Aprovechando su soledad en la habitación, Gloria dejó sus bragas manchadas de semen en un cajón de la mesita de noche, una mesita de noche perteneciente a la mujer de Adrián. -Llámame mañana- dijo antes de irse.
Ana llegó a la misma hora de todos los días, con la bolsa del gimnasio y las zapatillas deportivas. Adrián miraba la tele sentado en el sofá. Ella se sentó junto a él y le besó la oreja mientras la mano iba subiendo por el muslo. -No, no no- dijo Adrián apartándose de ella. -No puedo vida- respondió con expresión agobiada. -Ya sabes que el estrés no me deja-.
Ana lo miró con tristeza mientras le acariciaba el pelo, -no pasa nada le dijo ella, todo pasará. Me voy a poner cómoda- tras esto se levantó y se dirigió a la habitación.
Adrián no pudo reprimir una sonrisa malévola, vivía en casa de una mujer que se lo permitía todo, que se lo hacía todo y que lo dejaba sólo la gran parte del tiempo y tenía otra mujer a la que podía follar siempre que quisiera y que le dejaba hacer todo lo que no podía o quería hacer con la suya. Adrián era feliz.
Una exclamación de horror sacó a Adrián de sus pensamientos, Ana lo maldecía a gritos desde la habitación. Cauto y sigiloso, Adrián se acercó lentamente a la habitación matrimonial en la que hacía pocas horas había gozado follándose a su amante. Al mirar al interior de la habitación, Adrián vió a su mujer, medio desnuda con unas bragas en la mano, la expresión de Ana hizo que Adrián sintiera fuertes escalofríos y la visión de las bragas de Gloria en la mano de Ana volcó su corazón y el tiempo se detuvo mientras la mirada de la mujer ardía de odio.
-Hijo de la grandísima puta!- exclamó llena de rabia. -Ahora lo entiendo todo, claro que estás cansado. Te estás follando a otra- Adrián estaba congelado, no esperaba que los acontecimientos tomaran esa dirección, no tenía coartada ni excusas que pudiera usar.
Presa de un ataque de ira, Ana acometió a golpes contra todo el mobiliario de la habitación. De una patada reventó la puerta de un armario, un puñetazo hizo saltar la pintura de la pared, las lámparas se hicieron pedazos al estrellarse lanzadas con furia contra la puerta.
Adrián miraba perplejo, nunca había visto a su mujer en tal estado de ira, no había percibido la fuerza física de Ana hasta ese momento. Adrián sentía miedo, mucho miedo y el pánico lo tenía congelado. ¿Cómo arreglar la situación? ¿Podía ser arreglada? Las carcajadas hicieron volver a Adrián a la realidad, Ana reía presa de un ataque de histeria.
-Todo este tiempo haciéndote de esclava, fregando, lavando, trabajando y pagándote los vicios mientras tú vivías como un rey y te follabas a cualquiera- La expresión de Ana se volvió más seria -¿y lo soluciono destrozando la habitación que yo he pagado?- Unos pasos acercaron al matrimonio.
-Lo lógico sería separarnos, echarte ahora mismo de mi casa y olvidarte, pero no lo voy a hacer.- Las manos de Ana cogieron con fuerza el pelo de Adrián y tiró su cabeza para atrás. -Yo he sido tu esclava durante mucho tiempo y ahora tú serás mi esclavo- Una diabólica sonrisa apareció en la cara de Ana mientras hundía la cabeza de Adrián entre sus pechos. -Juro que te arrepentirás toda tu vida-
Esa noche Adrián se la pasó entre las piernas de su esposa, prisionero de unos muslos de hierro, obligado a chupar y lamer el húmedo coño, sólo descansaba cuando Ana se dormía extasiada tras correrse una y otra vez en la boca de su hombre. La noche fué un sueño para Ana y una oscura y tenebrosa pesadilla para Adrián.
Día 3
Adrián despertó indefenso e inmóvil, prisionero entre las piernas de su mujer. Ella despertó momentos después y Adrián se sintió aliviado al notar que las piernas de Ana se abrían y lo liberaban de la presión.
-Prepárame el desayuno- ordenó Ana tras patear el cuerpo de Adrián y lanzarlo al suelo. Adrián empezó a vestirse, ya que Ana lo había obligado a dormir desnudo entre sus piernas. -Desnudo- gritó Ana -¿Acaso he dicho que te puedes vestir?- preguntó Ana irónicamente. -Esto es una locura gritó Adrián, ya he entendido la lección ¿sabes? esto de hacerme ir desnudo por la casa es humillante, siento haberte engañado, pero sólo ha sido una vez-
Ana se levantó de la cama y se situó justo enfrente de Adrián, colocándolo entre ella y la pared. -¿Quieres discutir con ellos?- preguntó Ana mientras flexionaba sus fuertes y torneados bíceps frente a la mirada de Adrián. - Pero esto no tiene sentido y...- La frase acabó tras recibir un puñetazo que hizo tambalear a Adrián. -¿Más?- preguntó con superioridad Ana. -Yo sólo digo que...- Otro potente puñetazo lanzó a Adrián contra la pared. -¿Seguimos?- Ana frotaba sus pechos contra el cuerpo de Adrián. -Yo podría estar todo el día golpeándote, es más, me excita y me gustaría destrozarte aquí y ahora. ¿Quieres seguir dándome razones para ello?-
Estaba temblando y arrugado como un niño, no entendía como no se había planteado esa situación, él daba por echo que era más fuerte que ella, pero hacía mucho tiempo que no se fijaba bien en su mujer y en lo que el gimnasio había echo de ella, él en cambio había ido al revés, cada vez más descuidado y más débil, ahora estaba claramente dominado por ella, la que lo tenía apretado entre sus pechos, pero tenía que hacer algo. No podía dejarse intimidar así.
Un fuerte empujón consiguió liberarlo de la presión y tras un grito de rabia se lanzó contra Ana para luchar por su libertad pero no pudo lanzar ni un golpe, un potente rodillazo en los huevos lo tumbó en el suelo y allí fué pateado con furia por su mujer.
Tras recuperarse y preparar el desayuno, volvió a la habitación en la que Ana esperaba desnuda y tirada en la cama, ella indicó a Adrián que debería comerle el coño mientras ella desayunaba en la cama, sin poder evitarlo Adrián se quejó y se negó, pero tras ser abofeteado y humillado de nuevo, se encontró hundiendo su cara entre las piernas de la mujer y chupando con deseo febril las rosadas y húmedas paredes de la vagina de Ana. Los gritos de placer de se mezclaban con la angustia que sentía Adrián cuando se sentía ahogado y aplastado contra la parte más caliente y húmeda de Ana.
Ana gozó y Adrián lo notaba en su cara, empapada de fluidos y corridas de su mujer. -Ahora a la ducha- indicó Ana -quiero que me laves bien todo el cuerpo- Tras observar la cara de terror de Adrián agregó sonriendo -con la lengua- .
Adrián lloró en la ducha, dominado y humillado por su mujer tuvo que limpiar todos los agujeros de Ana con la boca. Después la vistió y le masajeó brazos y piernas, ya no hablaba, cada vez que había hablado era golpeado por su mujer, ahora ya no, ahora era sumiso.
Ana se fué a trabajar dejando a Adrián en casa, desnudo y atado para que no escapara. Él intentó desatarse sin éxito y sólo pudo ver como el tiempo pasaba lentamente mientras esperaba el regreso de su mujer.
Ella llegó antes de tiempo y una expresión de alegría y excitación asomó en su cara cuando vió a su esclavo tirado en el suelo, desnudo y atado. -He comprado algo- dijo Ana tras cerrar la puerta, -creo que te gustará- agregó mientras sacaba de una caja una enorme polla de goma -es para tí- dijo mientras la dejaba sobre la mesa -toda para tí- agregó entre risas. -También he comprado unos zapatos de tacón alto, de esos que tenía prohibido comprar por tu estúpido complejo de enano-.
Ana desató a su esclavo y le ordenó desnudarla, luego se calzó sus zapatos nuevos y agarró la enorme goma de polla que había comprado mientras se dirigía al asustado Adrián.
-Abre la boca- ordenó ella mientras sostenía el dildo frente la cara de su esclavo. Adrián lloró y gimió perdón, intentando ablandar el corazón de su mujer y consiguiendo así la libertad, firmaría el divorcio, no pediría nada y desaparecería de su vida. Una lluvia de golpes cayó sobre el cuerpo de Adrián, Ana lo golpeaba con la polla de goma, usándola como si de una porra se tratara.
-Juguete malo- le decía mientras lo golpeaba brutalmente con la poya de plástico. -Abre la boca- repitió Ana mientras golpeaba el cuerpo desnudo del hombre. Finalmente accedió, abrió la boca y dejó que su mujer introdujese una y otra vez el enorme dildo en su boca.
-No te puedes imaginar lo mucho que me gusta- ella gemía de placer mientras introducía la falsa polla en la boca de Adrián. -Me encanta usarte, no imaginaba que dominarte me pusiera tan cachonda.- Adrián retenía las arcadas, el duro miembro de goma le rascaba la garganta mientras oía los gemidos de placer de Ana, le costaba respirar. Tras varios minutos de angustia para Adrián y de placer para Ana, la polla de goma fué retirada con suavidad de la dolorida boca de Adrián.
Ella ordenó a su esclavo que se apoyara en la pared y se plantó frente a él, los zapatos de tacón aumentaban considerablemente la diferencia física entre la pareja de casados, ella apoyo los brazos en la pared, rodeando la cabeza de Adrián y le ordenó que masajeara, chupara y besara sus pechos, hombros y cada uno de los músculos existentes a su alcance. Ana frotaba su duro cuerpo contra el de Adrián y lanzaba gemidos de placer mientras gozaba y se corría de placer. Para Adrián, el tiempo que pasó rodeado por los múslos de su mujer, se hizo interminable.
-Prepara la cena- mandó Ana al magullado Adrián mientras se dirigía al sofá y encendía la tele. -Quiero ensalada de arroz-.
Sin rechistar se metió en la cocina, preparó la olla, el agua y empezó a hervir el arroz. Ana descansó viendo la tele mientras indicaba a Adrián todo aquello que deseaba. Cuando la cena estuvo lista y la mesa puesta, ella se sentó en su sitio, e indicó a Adrián que dejase su plato a sus pies. Así lo hizo Adrián, quién sabía que cualquier sonido o queja provocaría el enfurecimiento de Ana y su correspondiente paliza. -Deberás cenar directamente en el suelo como un perro-
Adrián llevaba todo el día sin comer, le daba igual comer en el suelo, en la mesa o en la calle así que hundió la cara en el plato y empezó a comer como un cerdo. Ana gozaba con el espectáculo, estaba descubriendo emociones, sentimientos y sensaciones que hasta el momento no había experimentado, le encanta dominar, humillar, golpear y usar a Adrián. Su vida ha cambiado totalmente.
Al finalizar la cena, ella volvió al sofá y ordenó a su marido que realizara las tareas propias y así lo realizó Adrián, quién realizó todas las tareas que ella, desde el sofá, le asignaba. Cuando acabó las tareas de la casa, Ana le ordenó que le masajeara los pies, la espalda y las piernas, así estuvieron horas, ella mirando la tele y él masajeando y mimando su cuerpo.
-Cuando nos casamos te convertiste en mi marido, y juraste respetarme y honrarme hasta que la muerte nos separe- Adrián escuchaba atento las palabras de su mujer mientras sus manos masajeaban los poderosos hombros de su mujer. -¿No es así?- preguntó ella -S..si- respondió Adrián.
-Eso significa que eres mi posesión y harás lo que te ordene lo que te queda de vida ¿entiendes? lo juraste-. Adrián temblaba al escuchar a su mujer, agresiva y lasciva. Para él el juramento no tenía importancia, era un puro trámite necesario al casarse. -No tendrás el divorcio porqué eso sería romper el juramento y perderte como marido, y no pienso fallar a mi palabra, a partir de ahora actuarás tal y como me juraste y tendré tu vida en mis manos, juraste ser mi marido, lo que te convierte en mi posesión, juraste honrarme y respetarme, que para mi, significa hacerme caso y jamás llevarme la contraria. Juraste estar junto a mi hasta que la muerte nos separe, que para mi, significa que podré usarte hasta que me canse de tí, y cuando eso ocurra podré matarte ya que tu vida me pertenece.-
Adrián no daba crédito a lo que oía, Ana había convertido el juramento en una cárcel para él, según las palabras de Ana, él había jurado ser su posesión, cumplir todos sus deseos y jamás abandonarla, y lo peor, ella tenía su vida en sus manos.
-Pero también juraste fidelidad- agregó secamente Ana -y esa parte del juramento no la cumpliste, en cambio yo cumplí mi palabra y mi juramento- Adrián temblaba al escuchar la voz de su mujer -creo que mereces un castigo por ello- agregó Ana con una diabólica sonrisa. -Pero ya estoy pagando por ello- indicó rápidamente Adrián -Llevo dos días con el castigo por haber sido infiel-
Ana se levantó sin decir palabra, con los tacones, Adrián tenía que levantar la mirada, él no le llegaba a los hombros. -No has entendido nada muñeco, esto no es un castigo, cómo te he dicho ésta será tu vida a partir de ahora, lo juraste-
El pánico atravesó el cuerpo de Adrián como un rayo, creía que ya estaba siendo castigado y que tras algunas humillaciones todo volvería a la normalidad, pero Ana acababa de dejarle claro que no, ahora los roles serían distintos y él, según la asimilación del juramento por parte de Ana, tenía que, básicamente, convertirse en su esclavo.
-La infidelidad merece un castigo ejemplar- siseó ella entre dientes -nunca lo olvidarás- agregó con una voz suave y, antes de que Adrián pudiera darse cuenta, Ana estrelló su rodilla entre sus piernas, generando un gran dolor en él, con el antebrazo derecho, Ana inmovilizó a Adrián por el cuello, aplastándolo contra la pared mientras que con la pierna izquierda iba lanzando temibles rodillazos entre las piernas de su hombre. Adrián se protegió el miembro con sus manos instintivamente. -Los brazos en la espalda- indicó Ana, Adrián llorando y sollozando pedía perdón y clemencia, parecía un niño asustado intentando evitar el castigo de sus padres.
-Pon los brazos en la espalda o te romperé las manos- indicó ella con furia pero Adrián seguía sollozando y llorando, intentando liberar su cuerpo de la agonía, cubriendo su miembro con las manos para protegerlo de los golpes. Ana volvió a golpear, pero esta vez mucho más fuerte, mucho más rápido, mucho más agresivo. Su rodilla hacía crujir los huesos de las manos de Adrián y el antebrazo le presionaba con tanta fuerza que no podía respirar, su cuello estaba siendo aplastado por el firme brazo de su mujer, los rodillazos eran tan potentes que levantaban del suelo el cuerpo de Adrián, notaba como sus manos eran aplastadas y destrozadas por los golpes de su mujer, sus huesos se retorcían, crujían y rompían y, finalmente sus manos no servían para nada, los rodillazos habían destrozado las defensas y se estrellaban en sus pelotas, él quería chillar pero no podía, quería luchar pero no podía, quería escapar pero no podía.
La sangre empezó a brotar por las heridas abiertas existentes entre las piernas de Adrián, ella continuaba golpeando con fuerza, siempre entre las piernas, castigando la parte más sensible de su ser, destrozando sus genitales. Gozaba y gemía de placer. Nunca se había sentido tan bien, cada golpe la excitaba más, cada lágrima de Adrián la empujaba al clímax, cada crujir de huesos le humedecía el coño, la visión de la sangre la acercó al orgasmo, su poder la excitaba como nunca, él era su posesión hasta la muerte. Siguió golpeando lo que se había convertido en una especie de saco deforme y reventado del que brotaba sangre, llegó al orgasmo cuando la sangre empezó a brotar por el glande y se volvió a correr al ver los testículos colgar destrozados fuera de la bolsa escrotal. Adrián hacía rato que estaba inconsciente y ella había perdido el control, su excitación la había llevado demasiado lejos, pensó que lo había matado.
Ana soltó a su marido después de obtener el mayor orgasmo de su vida, él cayó como un saco de patatas sobre su propia sangre, que continuaba brotando de su ser. Ana le tomó el pulso y se alegró al notar el latir del corazón, ahora que había encontrado tanto placer no podía perderlo, tenía que seguir gozando de él.
Se fijó en su pequeño hombre, tenía la cara azul a causa de la falta de oxígeno, ella no se había dado cuenta de que lo hubiera ahogado tanto, una de sus manos estaba al revés, con los dedos doblados de un modo bizarro y casi no se podía identificar la palma del dorso, estaba destrozada, la otra parecía mejor, sólo algunos dedos indicaban mal estado pero, lo peor estaba entre sus piernas. Debía controlarse, no podía dejarse llevar por la excitación y el placer, casi lo había matado.
Aprovechó el estado de inconsciencia en el que se encontraba su hombre, y con hilo y aguja, cosió las heridas más profundas existentes entre las piernas de Adrián, volviendo a colocar lo que quedaba de los hinchados testículos de Adrián en la bolsa escrotal. Al finalizar observó su trabajo, había contenido las hemorragias y había dado forma de nuevo a los genitales masculinos, aunque no podía hacer nada frente las hinchazones y desgarros, ahora no moriría, aún no. Cogió sus destrozadas manos y retorció los huesos para colocarlos de nuevo en su posición natural, al menos así los huesos se soldarían correctamente y podría volver a usar la mano para realizar lo que ella le mandase en el futuro.
Luego lo arrastró cogiéndolo del pelo hasta la bañera y allí lo dejó, con el agua de la ducha cayendo sobre su magullado cuerpo, limpiando la sangre y despertándolo poco a poco. Ella aprovechó para limpiarse su pierna manchada de sangre, había coágulos de sangre y trozos del cuerpo de Adrián pegados a su piel, los limpió cuidadosamente mientras recordaba el inmenso placer que había experimentado mientras llevaba a su hombre hacia la muerte, esa sensación de poder y de fuerza incontenible, la superioridad física frente a Adrián la había hecho llegar dónde nunca había llegado, sólo con recordar la experiencia se excitaba, deseaba continuar pero Adrián necesitaba reposo, así que, tras comprobar que él estaba limpio y ella también, lo abofeteó para despertarlo.
Al recuperar la conciencia Adrián notó un increíble escozor entre sus piernas e instintivamente se llevó las manos a la entrepierna, las cuales se quejaron crujiendo con un profundo dolor, se retorcía gritando con todo lo que sentía. Miró sus manos, hinchadas y fracturadas y sus genitales, hinchados, amoratados, llenos de cicatrices y cosidos con hilo de color rosa. -¡Cállate!- le ordenó Ana pero Adrián no podía evitar gritar por sus sensaciones. -Cállate o te doy otra paliza- repitió Ana en tono amenazante y Adrián calló, miraba a la mujer con miedo en los ojos y con expresión de terror mientras las lágrimas se deslizaban sin remedio por la cara. Ana se excitó al notar su poder frente al hombre, no sintió pena ni lástima por su marido, más bien ganas de volver a golpearlo, violarlo, humillarlo y destrozarlo pero tuvo que reprimir sus deseos, sabía que Adrián no aguantaría vivo otra paliza.
-Acompáñame al dormitorio- dijo mientras abandonaba el cuarto de baño, Adrián no lo dudo e intentó incorporarse pero era tal el daño causado y el dolor que sentía que no era capaz de andar, salió de la bañera arrastrándose con los codos, ya que las manos tampoco las podía usar, si le hubiese hecho caso y hubiera dejado las manos en la espalda no estaría tan mal, pensó Adrián. -¿Vienes o tengo que traerte a patadas?- preguntó Ana desde el dormitorio, a Adrián se le aceleró el pulso y el miedo inundó su cuerpo al imaginarse pateado de nuevo por su mujer. Se arrastró rápidamente por el suelo, ignorando el dolor hasta llegar al dormitorio matrimonial.
Ana se encontraba tumbada en la cama boca arriba, totalmente desnuda y con las piernas abiertas y los brazos apoyados tras su cabeza. Adrián consiguió, tras mucho esfuerzo, subir a la cama y allí se quedó tirado relajándose y acomodándose al lado de Ana. -¿Qué haces?- preguntó Ana irritada -ese no es tu sitio-. Él no lo podía creer, estaba medio muerto y tenía que contenerse para no gritar de dolor y, aún y así, ella no lo dejaba en paz. -Por.. favor... ca...cariño no puedo...- respondió él llorando. -Tu sitio en la cama está entre mis piernas- respondió Ana -dándome placer con tu boca ya que no me lo das con tu polla. ¿O tal vez deseas que haga con tu boca lo que he hecho con tu polla?- La mirada de Ana era fría y escondía un gran deseo.
Adrián tembló de miedo y se acurrucó entre las piernas de su mujer y se vio a él mismo muy pequeño e indefenso, Ana lanzó un jadeo de placer cuando notó la húmeda lengua de su juguete introducirse en su ser, aseguró la cabeza de Adrián fuertemente usando sus piernas como presa, hundiéndolo dentro de ella, devorándolo con increíble deseo. Así pasaron varias horas en las que Ana se corrió innumerables veces en la boca de Adrián y finalmente satisfecha y extasiada se durmió manteniendo la boca de Adrián pegada a su ahora insaciable coño.
Día 4
Ana se despertó la primera, hoy era festivo y pensaba disfrutar de la compañía de su marido, tenía grandes planes para él, miró entre sus piernas y allí encontró la cara de Adrián durmiendo profundamente entre sus piernas, ella estaba cachonda, la situación la excitaba mucho, tener el control, la fuerza y el respeto que ahora su marido tenía por ella. Lo despertó aplastando su cabeza contra su sexo, abrió las piernas todo lo que pudo cuando se percató que Adrián ya estaba despierto, dejando su vagina abierta a escasos centímetros de su cara. -Venga nene- dijo entre risas -Ya sabes lo que toca- dijo mientras entrelazaba los dedos de las manos en su nuca y se preparaba para un buen despertar.
Adrián, sumiso, lamió, chupó, tragó, penetró, acarició, besó hasta que ella llegó al clímax y se corrió en su boca. Lo obligó a tragárselo todo, él tenía que evitar excitarse, ya que el estado de sus genitales le generaba gran dolor con tan solo rozarlos.
Una vez satisfecha pateó a Adrián fuera de la cama, lanzándolo con violencia al suelo. -Prepárame el desayuno- ordenó desde la cama. Él intentó andar pero no pudo, el dolor provocado por sus pelotas al balancearse entre sus piernas le impedía caminar.
-No puedo- respondió entre gemidos y lloriqueos. -¿Sabes una cosa?- respondió Ana -He descubierto el máximo placer al golpearte, me encantaría llevarte hasta la muerte, arrancarte los ojos, la lengua, pulverizar tus huesos entre mis piernas, destrozar tus articulaciones hasta convertirte en un saco de sangre y huesos. Hoy he soñado que introducía tu cabeza en mi coño y que la hacía explotar entre increíbles orgasmos. Cada vez que te pego me corro, cada vez que te humillo me excito. Lo que más placer me da es cuando no quieres obedecer porqué entonces puedo realizar mis deseos ¿Seguro que quieres darme razones para realizar mis deseos? porque no creo que hoy sobrevivas a ello-
Ignorando el dolor y conteniendo sus lágrimas, Adrián se metió en la cocina y realizó el desayuno para su mujer mientras pensaba lo mucho que había cambiado su vida, hacía sólo 4 días, su mujer le temía y se mostraba tierna y dulce ante sus caprichos, todavía recuerda el masaje que recibió en la cama por la misma persona que lo había magullado y levado casi a la muerte. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas ¿cómo había podido ocurrir algo así? Tenía que tomar el control de la situación, volver a dominar la relación y devolverle a su mujer todo el dolor que él sentía, así que, cogió un cuchillo con la mano que podía usar, respiró hondo y esperó a tener el valor suficiente para atacar a Ana.
-¡Hija de puta!- gritó mientras corría con el cuchillo levantado sobre su cabeza en dirección a la alcoba, Ana seguía estirada en la cama, desnuda y sorprendida ante el ataque de Adrián. La estocada fué precisa y potente, demasiado potente para que la destrozada mano de Adrián pudiera sostener el arma, el cuchillo se le escurrió de las manos y el agresor acabó cortándose con su propia arma mientras Ana, todavía inmóvil en la cama y perpleja veía como su inútil marido se autolesionaba al intentar acuchillarla sin éxito.
El cuchillo le resbaló de la mano y lo único que consiguió Adrián fué golpear tímidamente la barriga de su mujer, la rabia lo cegó tanto que lanzó un fuerte puñetazo con la otra mano, sin recordar el mal estado de la misma, la cual se estrelló dolorosamente en las costillas de su objetivo causándole un tremendo dolor, sus huesos crujieron y los ojos de Adrián se abrieron tanto que podrían haber salido de sus órbitas. Ana, no podía creer lo que acababa de ocurrir, su marido se arrastraba por el suelo gimiendo de dolor y con las manos destrozadas, el muy inútil había intentado matarla.
-Nunca deberías haberlo intentado- escupió Ana mientras la rabia invadía su ser. -Voy a hacerte sufrir como nunca nadie te ha hecho sufrir- agregó mientras Adrián suplicaba clemencia y perdón acurrucado en el suelo, llorando y gimoteando como un niño.
Ana pateó el cuerpo de Adrián hasta que le dolieron los pies, luego, cojió las manos de Adrián y con ayuda de un abrenueces empezó a romper todos los huesos de todos los dedos de Adrián, retorció sus muñecas hasta que las sacó de sitio, dislocó sus hombros y usando sus uñas, arrancó la piel de los codos hasta dejar los huesos a la vista, desgarrando los músculos, tendones y venas que encontró a su paso. Adrián chillaba de dolor, la sangre le nublaba la visión pero el dolor era increíble, sus brazos estaban destrozados y ella continuaba arañando su piel y golpeando su cuerpo con una fuerza desproporcionada. Continuó retorciendo sus brazos, los huesos crujían y los brazos se deformaban adoptando posturas imposibles mientras Adrián gritaba indefenso y al borde del desmayo. Una vez acabó de destrozar los brazos de Adrián, Ana continuó con sus piernas, primero clavó sus uñas alrededor de las rodillas de él, hundiendo sus dedos bajo las articulaciones y desgarrando cualquier tejido, moviendo la rótula de sitio, en definitiva, destrozando las piernas mientras Adrián gritaba ciego de dolor, retorció sus tobillos, rodillas y muslos, desgarró tejidos e hizo crujir los huesos de las piernas de Adrián al retorcerlas sin compasión.
-Cuando dejes de gritar pararé- le indicó Ana a Adrián mientras arrancaba los músculos del muslo y desgarraba tejidos con sus uñas. Adrián no podía dejar de gritar, era imposible no gritar mientras te arrancaban la piel y los músculos, era imposible detenerla. "Eres mio hasta que la muerte nos separe" recordaba Adrián mientras su mujer lo despedazaba literalmente. Cuando acabó con las piernas continuó arañando con fuerza su barriga, abriendo profundas y sangrantes heridas por todo su cuerpo. Ana no soportaba más los gritos de Adrián, así que usó sus poderosas uñas para desgarrar el cuello y abrirle la tráquea, pudiendo así arrancar sus cuerdas vocales y conseguir el silencio. Luego observó su obra.
Adrián, o lo que quedaba de él, estaba tirado boca arriba en el suelo, sus brazos y piernas se habían convertido en sacos de piel deformes llenos de increibles heridas que sangraban sin parar, uno de sus pies estaba separado de su cuerpo, arrancado sin compasión, su abdomen estaba abierto en canal y podían verse y tocarse los órganos internos, el aire silvaba por la herida que tenía en el cuello y su mirada era la del animal que sabe que va a morir mientras pide clemencia a su depredador. Esa mirada de miedo mezclada con respeto hizo que Ana se corriera una y otra vez. Se había vuelto a descontrolar y esta vez no había solución, Adrián no podría sobrevivir a los daños causados pero a ella le daba igual, sentía tanto placer que no lo podía dejar así que continuó con su agradable tortura. Aplastó la cabeza bajo potentes pisotones y no paró hasta que la cara de Adrián quedó irreconocible, sin dientes, con la mandíbula fracturada y dislocada, la nariz aplastada y los ojos hundidos en dos charcos de sangre. Se corrió de nuevo al notar que Adrián seguía consciente y al imaginar el dolor y tremendo miedo que debería estar pasando.
-Te voy a liberar del matrimonio- dijo Ana mientras introducía sus manos en el abdomen de Adrián y desgarraba, aplastaba, arañaba, cortaba y arrancaba los órganos internos de Adrián, él seguía vivo cuando su mujer encontró su corazón y lo apretó con fuerza hasta hacerlo explotar mientras sentía el mayor orgasmo de su vida.
FIN
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